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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 146

Gisela le daba golpecitos en la espalda a Nelson, tan fuertes que sonaban —toc, toc— y, en respuesta, Nelson aceleró el paso, haciéndola rebotar aún más. El vaivén era tan brusco que Gisela estuvo a punto de perder la paciencia y morderlo ahí mismo.

—¿Nelson, qué te pasa? ¿Te volviste loco o qué? —le soltó, furiosa.

Nelson no dijo ni una palabra. Abrió la puerta del carro de un tirón y, sin miramientos, la empujó al asiento trasero.

El asiento era suave, sí, pero igual el golpe desorientó a Gisela, que quedó medio mareada.

En medio de la confusión, alcanzó a escuchar la voz de Delia.

—¡Nelson! ¿No escuchaste que ella no quiere ir contigo?

Nelson cerró la puerta de golpe —¡pam!— y el sonido aisló a Delia y a Nelson del interior del carro.

Gisela, apurada, se incorporó de inmediato y trató de abrir la puerta. Jaló la manija, empujó, intentó con la otra puerta, pero nada: Nelson las había bloqueado desde fuera.

Por la ventana, solo alcanzó a ver la espalda de Nelson, que parecía estarle diciendo algo a Delia. El rostro de Delia mostraba un disgusto evidente, miraba a Nelson con el tipo de desprecio que no se puede ocultar.

Nelson terminó de hablar, se dio la vuelta y subió al carro.

Antes de que arrancara, Delia la buscó con la mirada. Apretó el puño, levantó la mano junto a la oreja e hizo la seña de llamada telefónica.

Gisela asintió, entendiendo el mensaje.

Nelson no perdió tiempo. En cuanto subió, arrancó el carro y pisó el acelerador. El ruido del motor era tan potente que Gisela no pudo evitar notarlo.

Para entonces, Gisela ya había recuperado la calma. Se acomodó en el asiento trasero, impasible, y lo observó a través del retrovisor.

Nelson tenía el ceño fruncido, las cejas bajas y una expresión sombría que parecía un nubarrón de mal humor. Sus ojos, negros y afilados, reflejaban molestia, y sus labios se mantenían apretados, como si algo lo hubiera hecho enojar en serio.

A Gisela le dio risa.

¿Será que piensa que comprar brochetas de carne en la entrada de la escuela es una vergüenza para la familia Tovar?

Alzó la voz, segura:

—Nelson, tranquilo. Lo de vender brochetas fuera de la escuela no va a manchar el nombre de los Tovar. Desde hace rato le dejé claro a todos que entre ustedes y yo ya no hay nada, así que ni te preocupes, que yo no les voy a hacer quedar mal.

Pensó que, con eso, Nelson se relajaría.

Pero no, al contrario: Nelson frunció todavía más el entrecejo y le lanzó una mirada intensa por el retrovisor.

Gisela cruzó los brazos y soltó una risa cargada de sarcasmo.

—¿Entonces por qué estás tan molesto? ¿O será que te pesa la conciencia porque piensas que no la estoy pasando bien?

—Hace unos días te transferí quinientos mil pesos. ¿Cómo es que ya te los gastaste?

Gisela, despreocupada, se cruzó de piernas.

—Así es, ¿y? ¿Algún problema?

Nelson la miró fijamente a través del retrovisor, sus ojos clavados en ella.

—Con lo gastalona que eres, ¿cómo te atreviste a irte de los Tovar?

Gisela entrecerró los ojos, sonrió con ironía y le contestó sin titubear:

—Pues para que tú y Romina tengan la casa para ustedes solos, ¿no? Hasta pueden usar mi cuarto como cuarto del bebé cuando tengan hijos. La luz ahí entra bonito.

Nelson esbozó una sonrisa cargada de desprecio.

—Los hijos de Romina, por ahora, no necesitan tu cuarto.

Desvió la mirada hacia la entrada del edificio y soltó, sin emoción:

—Vas a vivir aquí. Está cerca de la universidad, así que te queda a la mano para ir y regresar. Si te hace falta dinero, contacta a mi asistente. Yo me encargo de que te depositen.

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