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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 147

Gisela miró con sorpresa la espalda de Nelson mientras se alejaba.

No podía creer lo que acababa de pasar.

Había imaginado que Nelson se pondría furioso y le prohibiría volver a vender brochetas fritas.

Incluso pensó que él podría despreciarla, buscando cualquier excusa para deslindarse de ella y de la familia Tovar.

También se preparó para que Nelson le dijera que se largara y no volviera a aparecer en su vida.

Pero jamás se le cruzó por la mente que Nelson le ofreciera un departamento cerca de la universidad, ni mucho menos que intentara transferirle dinero.

Vivir cerca de la universidad era casi imposible por el precio de los departamentos. Gisela lo sabía bien; la única manera en que había conseguido un lugar para quedarse fue encontrando un departamento viejo y descuidado después de buscar durante meses.

Pero, ¿y qué? Eso no cambiaba nada.

Ella ya se lo había dicho a sí misma muchas veces: mientras no pudiera valerse sola, no dejaría que Nelson ni nadie más de esa familia controlara su vida.

Lo que Nelson hacía ahora la hacía desconfiar. Sentía que detrás de su amabilidad se escondía una trampa.

Si aceptaba mudarse, quién sabe qué podría pasar después.

Justo como cuando la familia Tovar la adoptó.

Todos la envidiaban; incluso Aitana le aconsejaba que se llevara bien con ellos y cuidara esa oportunidad de riqueza que la vida le había dado.

Pero las experiencias de su vida pasada le enseñaron que ser adoptada por la familia Tovar era una trampa disfrazada de regalo, una bomba que la había dejado hecha pedazos.

No pensaba volver a caer.

Nelson, con una actitud que no admitía réplica, le dijo al final:

—No quiero volver a verte vendiendo brochetas con Delia. La familia Tovar puede mantenerte sin problema.

Gisela respondió sin dudarlo:

—No quiero.

Nelson sintió un dolor agudo en la sien y se frotó la frente y las sienes con cansancio.

Llevaba semanas saturado de trabajo en la empresa, salía al amanecer y regresaba de madrugada, apenas comía, y aun así tenía que hacer espacio para lidiar con Gisela. Y en cuanto terminara aquí, todavía debía regresar a la oficina a resolver más asuntos.

La terquedad de Gisela solo estaba agotando su paciencia.

Con voz dura, le soltó:

—No tienes opción.

Gisela apretó los puños y le lanzó una sonrisa desafiante:

—¿Por qué siempre tienes que imponer tu voluntad? Ya te dije que no quiero, estoy bien donde estoy y no permitiré que vuelvas a controlar mi vida.

—Ya voy para allá, aguántame un poco.

Romina sonrió, su voz se volvió aún más dulce:

—Está bien, aquí te espero. Por cierto, preparé una sopa para el calor.

Nelson le contestó:

—Es muy tarde, deberías dormir ya. Voy a regresar.

Romina insistió, con ese tono juguetón:

—No quiero, estos días solo duermo bien contigo. Sin ti, ni descanso.

Nelson estuvo a punto de responder, pero se quedó callado de golpe.

En ese instante, Gisela aprovechó el descuido; mientras Nelson seguía en la llamada, ella abrió la puerta, se escabulló con agilidad y salió del carro antes de que él pudiera detenerla.

Apenas alcanzó a escuchar a sus espaldas la voz grave de Nelson:

—Gisela.

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