Gisela sentía la cabeza hecha un torbellino; apenas lograba distinguir un grito desgarrador que retumbaba en sus oídos.
De pronto, sintió cómo unos brazos firmes se cerraban alrededor de su cintura y, sin aviso, la arrastraban hacia un abrazo cálido, protegiéndola del caos que la rodeaba.
Se sacudió un poco, respirando agitadamente varias veces.
—¿Q-quién… quién eres…?
—Gisela.
La voz, tan familiar, le golpeó los oídos como un martillo. Era imposible no reconocerla.
Gisela volvió a sacudir la cabeza, forzándose a abrir los ojos y, entornando la mirada, trató de enfocar el rostro del hombre que la sostenía.
—¿…Nelson?
Sintió cómo la mano en su cintura se apretaba aún más.
—Gisela, ¿así es como te cuidas? —le reclamó Nelson, dejando escapar la molestia en su tono.
Gisela aspiró con dificultad, bajando la cabeza y apretando los labios antes de susurrar:
—¿Podrías… llevarme al hospital?
Nelson la observó por un instante, notando lo vulnerable que lucía.
—¿No decías que no querías irte? —le preguntó, la expresión endurecida.
Gisela levantó la mano y se aferró a la manga de Nelson, casi suplicando.
—Es que ahora… me siento muy mal…
En ese momento, sintió cómo unos dedos le sujetaban suavemente la barbilla, obligándola a mirar hacia arriba. La mirada intensa de Nelson cayó sobre su cara, buscando respuestas.
—¿Qué te pasó? —preguntó, la voz cargada de preocupación.
La sustancia en su cuerpo comenzaba a hacer efecto, y Gisela apenas pudo articular palabra, balbuceando:
—A mí… me… me dieron… algo… una droga…
—¿Quién fue? —insistió Nelson, los ojos oscureciéndose.
Gisela vaciló, conteniendo lo que quería decir, y al final negó con la cabeza.
—No sé… —murmuró.
Sin decir nada más, Nelson tomó su muñeca y la jaló suavemente.
—Te llevo al hospital.
—¡Alto ahí!


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