Romina apretó los labios, mientras Ofelia, desesperada, exclamó:
—Señor Nelson, en serio no le crea, seguro está fingiendo.
—Ya basta.
Romina tomó la mano de Ofelia y, con una sonrisa tranquila, le dijo:
—No pasa nada, Nelson. Mejor llévala tú al hospital, nosotras regresamos a casa.
La mirada de Nelson se suavizó un poco. Alzó la mano y le revolvió el cabello a Romina como quien acaricia a una hermanita:
—Voy a regresar para estar contigo después.
Romina asintió con suavidad:
—Claro.
—Señor Nelson, no puede, no debe acompañarla —insistió Ofelia, la voz se le quebraba de la urgencia—. Nosotras podemos llevarla, no es necesario que vaya usted.
Su tono era tan fuerte y agudo que incluso Gisela, que apenas y se mantenía en pie, sintió que se despejaba un poco. En ese momento, pudo escuchar claramente lo que decían y chasqueó la lengua con fastidio, apartando la mano de Nelson y retrocediendo dos pasos.
Se sostuvo la cabeza, respiró hondo y dijo:
—No hace falta, yo puedo ir sola.
Nelson frunció el ceño y le sujetó la muñeca:
—¿Qué estás haciendo ahora?
Gisela cerró los ojos y se soltó de un tirón:
—No necesito ayuda.
Sin mirarlo más, apoyándose en la pared, avanzó unos pasos.
La voz de Nelson le llegó por la espalda:
—¿Quién te dio la medicina?
Gisela se detuvo, sin voltear:
—Ya lo sabes, ¿verdad?
Nelson respondió con un tono distante:
—Eso no puede ser.
Gisela soltó una risa amarga:
—Tú mismo lo viste.
—¿Y qué con eso? —replicó Nelson.
—Nada —contestó Gisela, como si no le importara.
Ofelia escuchaba la conversación sin entender una sola palabra, completamente perdida.
En cambio, a Romina le surgió una inquietud profunda; algo en el aire le avisaba que las cosas tomarían un giro inesperado.
Gisela bajó la cabeza, su voz se hizo casi un susurro:


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