El poco color que quedaba en el rostro de Romina desapareció al instante.
Sintió como si una explosión retumbara en su cabeza, dejándola completamente paralizada.
De golpe, Romina se puso de pie y, mirando hacia abajo a Pedro, sus facciones se tensaron en una mueca de dolor y rabia.
—¿Por qué me estás contando esto? ¿No dijiste que lo ibas a resolver? ¿No me prometiste que lo harías?
Pedro, con el ceño fruncido, intentó tomarle la mano, pero Romina se la apartó de un manotazo.
Con la mente hecha un caos, Romina alzó la voz, casi gritando:
—¿Esto qué es? ¿Yo qué soy para ti?
Pedro intentó calmarla.
—Romina...
Los ojos de Romina se llenaron de lágrimas, y le habló entre dientes, con furia contenida:
—He estado aquí contigo, he hecho lo que pediste. Si yo cumplí, tú también deberías cumplir lo que me prometiste. ¿Por qué me vienes a decir esto ahora? ¡¿Qué soy para ti?!
Pedro se puso de pie y, sin importarle la resistencia de Romina, la abrazó a la fuerza.
—Romina, por favor, cálmate...
Romina luchó por soltarse, desesperada.
—¡Van a venir los policías por mí! ¿Cómo quieres que esté tranquila?
Logró zafarse del abrazo de Pedro y, sin contenerse, comenzó a golpearle el pecho con los puños, gritando sin preocuparse por las apariencias:
—¡Haz algo! ¡Ve y resuélvelo! No me importa a quién busques, pero sal y soluciona esto por mí. ¡Tienes que hacerlo!
Pedro permaneció en silencio, aguantando todas las acusaciones de Romina.
Despeinada, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, lucía completamente desorientada, muy diferente a la mujer que acostumbraba mostrar al mundo.
—Pedro, no puedes hacerme esto. Tú me lo prometiste... —Su voz pasó de ser un grito agudo a un murmullo tembloroso y, luego, a un tono lleno de desesperanza—. ¿Pedro, me lo prometiste o no?
Pedro bajó la mirada, apretando los labios.
Romina, impotente, le tomó los hombros para obligarlo a mirarla a los ojos, pero él solo la miró un instante antes de volver a bajar la cabeza.
Pedro, al notar la presencia de la niña, rápidamente abrazó a Romina, mientras la niñera, nerviosa, se situó detrás de Katia intentando tranquilizarla.
Pedro le habló a la niñera, la voz cortante:
—Llévala a su cuarto. No dejes que salga otra vez.
La niñera asintió con temor y, agachándose, levantó a Katia del suelo.
Aunque seguía llorando, la puerta se cerró y el sonido del llanto disminuyó.
Romina se soltó del abrazo de Pedro y, sin pensarlo, le dio una bofetada.
Pedro bajó el rostro, el cabello cayéndole sobre la frente y ocultando su expresión endurecida. Se mordió la mejilla, conteniendo la rabia.
Romina pasó junto a él, pero Pedro la sujetó por la muñeca.
—¿A dónde vas?
Romina se zafó bruscamente, y le respondió con furia:
—Si tú no puedes ayudarme, buscaré a alguien más. Alguien tiene que poder hacerlo.

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