—¿Quién puede ayudarte? —preguntó Pedro en voz baja.
Romina se acercó a la entrada, se agachó para cambiarse los zapatos.
—Ya sea Saúl o quien sea, siempre hay alguien dispuesto a ayudarme.
Pedro soltó una risa corta.
—¿Saúl, dices?
Romina guardó silencio mientras se ponía el otro zapato.
Pedro se acercó y se paró a su lado, mirándola desde arriba.
—Buscarlo a él no servirá de nada.
Romina se detuvo y se incorporó.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Una sonrisa ladeada se dibujó en los labios de Pedro.
—¿De verdad crees que Rubén se volteó así nada más? Fue Saúl quien lo convenció. Él fue a la comisaría a hablar con Rubén. Apenas se fue, Rubén le contó todo a la policía sobre ti.
Los ojos de Romina se abrieron con incredulidad y de inmediato replicó:
—No puede ser, Saúl jamás haría eso conmigo.
—¿Y por qué estás tan segura? —le reviró Pedro—. Así son las cosas. Gisela lleva días hablando con él, vete tú a saber de qué platicaron. ¿Por qué crees que ayer los policías andaban investigando en el extranjero y hoy ya tienen pruebas para venir a buscarte? Es por culpa de Saúl.
Pedro se acercó un poco más, imponiéndose con su presencia.
—El día que Gisela tuvo el accidente, Saúl iba en el carro con ella. Los dos terminaron en el hospital.
Romina se quedó helada, el miedo se le notó en la cara.
Ella conocía bien tanto a Saúl como a Rubén; solo Saúl podía convencer a Rubén de cambiar de opinión.
Rubén se había mantenido firme hasta ayer, ¿y justo hoy lo suelta todo? Solo podía ser obra de Saúl.
Sintió que las piernas le fallaban y se dejó caer en el banquito junto a la entrada, justo donde se dejan los zapatos.
Pedro levantó la mano y le acarició la mejilla.
—¿Por qué me está pasando esto? —murmuró Romina, la voz llena de angustia—. Saúl... ¿por qué haría algo así?
—Ya sabe lo que hiciste —dijo Pedro, con voz suave—. Por eso, ni siquiera después del accidente quiso contarte nada.
Pedro le habló con voz cálida:
—Claro que voy a ayudarte.
Romina se lanzó a los brazos de Pedro.
Él la sostuvo con fuerza.
—Ahora tienes que hacerme caso en todo y cooperar conmigo.
Romina asintió rápido.
—Está bien, dime qué tengo que hacer.
Dudó un momento y luego preguntó:
—¿Nelson ya lo sabe?
Un resplandor oscuro cruzó la mirada de Pedro antes de responder con tono suave:
—Antes podía ocultárselo, pero Romina, ya llegamos a un punto donde eso es imposible. Ya no puedo esconderlo.
El color se le fue del rostro a Romina.

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