El gesto de Xavier se volvió aún más hosco, tanto que el policía no pudo evitar mirarla varias veces.
Todo era tal cual Ricardo había declarado. Gisela recordaba bien las ocasiones en que, por asuntos relacionados con Rubén, se acercó a Saúl.
Si las cosas eran así, entonces Saúl solo había quedado atrapado en esta situación por pura mala suerte.
El policía frunció el ceño.
—Sobre el asunto de entregarse, también lo interrogamos, pero él dijo que lo haría cuando se le antojara.
Al mencionar las palabras de Ricardo, al policía se le notaba el fastidio.
—Ricardo dijo con todas sus letras que le divertía ver a la policía corriendo de un lado para otro buscándolo. Que eso le daba una especie de satisfacción. Ahora que ya se entretuvo lo suficiente, decidió entregarse. Según él, tarde o temprano lo iban a atrapar, así que prefería presentarse y ver si así le rebajaban la condena.
En términos de lógica, no había nada que objetar.
El policía agregó:
—Las pruebas ya son concluyentes. Los jefes nos pidieron que cerremos el caso.
Gisela se quedó pensativa unos segundos antes de asentir.
—Está bien, gracias por todo.
El policía volteó hacia Saúl.
—Señor Saúl, ¿tiene alguna otra pregunta?
Por fin, Gisela pudo mirar fijamente a Saúl sin reservas.
Saúl tenía las mejillas hundidas; una sombra de barba desaliñada le cubría el rostro. Su mirada, antes tan viva, ahora irradiaba una pesadumbre que lo hacía casi irreconocible.
El corazón de Gisela se apretó, sintió una mezcla de culpa y compasión.
Saúl negó con la cabeza.
—No tengo preguntas.
Su voz sonaba áspera, como si no hubiera hablado en días.
Gisela apartó la vista, bajando la cabeza.
El policía los acompañó hasta la salida. Cuando llegaron a la puerta, Gisela interceptó a Saúl justo cuando iba a subir al carro.
Saúl ni siquiera la miró y le soltó en tono seco:
—¿Me permites pasar?
Gisela le lanzó una mirada a Xavier, quien, con visible reticencia, se alejó unos diez metros y se cruzó de brazos, observándolos de lejos.
Saúl seguía mudo, con la mirada perdida. Gisela ya no sabía si él de verdad la estaba escuchando.
Dudó unos segundos, sin atreverse a mencionarle nada sobre Romina.
Era evidente que Saúl estaba destrozado; la muerte de Romina lo había golpeado con fuerza.
Gisela lo comprendía.
Poniéndose en su lugar, supo que cualquier cosa que dijera estaría fuera de lugar.
Así que, al final, solo quería recordarle que cuidara su salud. Pero apenas abrió la boca, Saúl la interrumpió.
—Ya no sigas —dijo él.
Gisela se quedó en silencio.
Saúl cerró los ojos, el dolor dibujado en su expresión.
—Romina está muerta. Y lo último que pensó de mí fue que yo me uní a ti para tratarla mal. Eso no era lo que yo quería...
Las palabras le salían atropelladas, la cara pálida.
—Si... o sea... si hubiera sabido que esto iba a terminar así, jamás te habría ayudado... No sé cómo explicarlo. No sé si hice bien o mal al apoyarte. Romina se equivocó, sí, pero yo no quería que muriera...

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