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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 799

La mirada de Saúl reflejaba un remolino de arrepentimiento y dolor, mezclada con una lucha interna tan evidente que cualquiera podía notarlo en sus ojos enrojecidos. Alzó la vista hacia Gisela, mostrando esas marcas del desvelo, como si de pronto le pesaran los años.

—No necesito que me des las gracias, ni que me pidas perdón. Cada vez que te veo, no puedo dejar de pensar en Romina… y en cómo, antes de morir, yo estaba del lado opuesto. ¿Crees que en sus últimos momentos llegó a odiarme? ¿A reprocharme? No lo sé, y llevo días dándole vueltas a eso.

Saúl se cubrió el rostro con las manos, la voz quebrada.

—Hasta me pesa haber ido a ver a Rubén. Yo la quería tanto… juré protegerla toda la vida, ¿y qué hice?...

Gisela, por primera vez en mucho tiempo, no halló palabra alguna. Sus ojos perdieron ese brillo habitual, como si la tristeza la apagara poco a poco.

El silencio entre ambos se estiró, incómodo y pesado.

Saúl alzó el rostro de nuevo, sus ojos llenos de venas marcadas clavándose en Gisela. El semblante demacrado, pálido, lo hacía ver mucho mayor de lo que era. Cuando habló, su voz raspaba el aire.

—Gisela, lo que pasó no se puede cambiar. Tampoco puedo evitar sentirte rencor, aunque sepa que no tuviste ninguna culpa en todo esto.

Una ola de vacío arrastró el ánimo de Gisela, sintiendo cómo el corazón se le hundía en el pecho.

Saúl continuó, con una determinación cansada:

—Déjalo así, ¿sí? Ya no vengas a buscarme, ni me escribas. Necesito tiempo para digerir todo esto. Mejor no nos veamos por un tiempo.

Justo cuando él estaba a punto de subirse al carro, Gisela se apresuró y le dijo:

—Lo que te dije antes sigue en pie. Si algún día necesitas ayuda, no dudes en buscarme.

Saúl no contestó. Solo se dio la vuelta y se metió al carro.

Gisela observó cómo el vehículo se alejaba, levantando polvo en la calle, y bajó la mirada en silencio, tragándose las palabras que no pudo decir.

Xavier apareció a su lado, le puso una mano reconfortante en el hombro.

—Vamos, regresemos.

Gisela sentía una mezcla tan enredada de emociones, que apenas podía pensar con claridad. El pecho le pesaba, como si le hubieran echado encima una manta húmeda y pesada.

—¿No quieres decir algo?

Gisela negó con la cabeza.

—No hace falta.

Xavier no insistió. Solo asintió, y la rodeó con el brazo para acompañarla de regreso.

Durante el camino, Gisela observó los paisajes que retrocedían por la ventanilla. Su mente vagaba, perdida en pensamientos que no la dejaban en paz.

Si alguien le preguntaba quién había odiado más a Romina en este mundo, la respuesta era obvia: ella misma.

Y si alguien deseaba que Romina pagara con su vida, también era Gisela.

Sin embargo, al enterarse de la muerte de Romina, no sintió alegría. Más bien, la invadió una sensación de vacío, de extravío, como si fuera una viajera que, al perder el rumbo, solo pudiera dar vueltas en el mismo lugar, sin encontrar el camino.

Por momentos, incluso llegaba a pensar que Romina no estaba muerta. Aquella sensación no desaparecía con el paso de los días; al contrario, se volvía cada vez más fuerte, más difícil de ignorar.

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