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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 808

—¿En qué piensas? —La voz de Xavier sonó justo al lado de su oído, con un dejo de molestia—. ¿A dónde estás mirando?

Gisela, interrumpida de sus pensamientos, apretó los labios y le contestó sin mucha paciencia:

—Estaba buscando un buen lugar para ti... para que te lances al mar.

El tono de Gisela era cortante, sus palabras también, pero a Xavier eso pareció divertirle más que molestarlo.

—¿Ah, sí? ¿Quieres que nos vayamos juntos? Si es así, primero tienes que ver si yo acepto, ¿no crees?

Gisela solo guardó silencio.

Xavier se acercó y le revolvió el cabello con una sonrisa:

—Ya, ya, está bien. Fue mi culpa.

Ella lo miró de reojo. Aunque no lo admitiera en voz alta, la manera en que Xavier bromeaba lograba quitarle un peso de encima y relajarla un poco.

Gisela quedó callada unos segundos, luego giró la cabeza y preguntó:

—¿Tú crees en eso de las vidas pasadas?

Los ojos de Xavier se detuvieron en ella, y en voz baja le preguntó:

—¿Por qué lo preguntas?

Gisela bajó la mirada, sus pestañas temblaron un poco antes de responder despacio:

—...No lo sé.

Había cosas que simplemente no podía contarle a nadie.

En el fondo, Gisela se arrepintió de haber hecho esa pregunta apenas las palabras salieron de su boca.

—Olvídalo. No importa, no tienes que contestar.

Xavier la miró. Gisela estaba recargada en el asiento del carro, la cabeza baja, el semblante tranquilo, pero había algo en su silencio que transmitía una soledad extraña.

Vidas pasadas.

Xavier repitió esas palabras para sí.

Le habría gustado saber qué pasaba por la mente de Gisela, pero también notó que ella no quería abrirse demasiado.

—La verdad, señorita Gisela, nunca ha sido de esas que se la pasan suspirando por cosas tristes —soltó Xavier, con una sonrisa.

Gisela frunció apenas el entrecejo.

Él continuó:

—¿Qué pasa? ¿Tienes algo en mente?

Aitana suspiró, su mirada reflejaba preocupación:

—Gisela, tu carrera va viento en popa, pero ¿has pensado en tu vida sentimental?

Gisela se detuvo un instante, dejó el palillo sobre el plato y contestó con sinceridad:

—No, la verdad no lo he pensado.

Aitana arrugó el entrecejo, mirándola como si fuera una niña rebelde, y le dijo con urgencia:

—Así no se puede, hija. Ya tienes más de veinte, casi llegas a los treinta. Deberías ir pensando en sentar cabeza.

Gisela se encogió de hombros y volvió a llevarse un trozo de fruta a la boca:

—¿Y qué tiene? Yo estoy muy bien así.

Aitana insistió:

—Soy tu madre, es natural que quiera verte tranquila, con alguien a tu lado que te cuide y acompañe.

Gisela, masticando la fruta, le lanzó una mirada inocente.

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