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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 809

Aitana no pudo ocultar su impaciencia.

—Estos días te han pasado demasiadas cosas, hija. Si no fuera porque Xavier ha estado al pendiente de ti y resolviendo todo, yo ni sabría qué hacer. Mira, Xavier es un buen muchacho, durante los días que estuviste inconsciente no se despegó de ti, se encargó de todo, hasta de los detalles más pequeños. Además, cocina, hace las tareas de la casa y vive cerca.

Volteó a verla, con una seriedad que no permitía escapatoria.

—Un hombre así casi no se encuentra. Deberías aprovechar la oportunidad —dijo Aitana, dándole unas palmaditas en la mano—. Si te gusta aunque sea un poco, yo puedo hablar por ti, mejor dejar las cosas claras antes de que otra se lo lleve.

El corazón de Gisela dio un brinco. Dejó el palillo de madera sobre la mesa de un golpe.

—No, mamá, por favor no vayas a decirle nada.

Aitana soltó un suspiro lleno de ansiedad, con la preocupación todavía marcada en el rostro por todos los malos ratos de los últimos días.

—Entonces dime, ¿qué quieres hacer?

Gisela apretó los labios. Tenía un enredo en la cabeza, mil pensamientos se cruzaban, pero ninguno lograba agarrar fuerza. Cuando sentía ese caos, lo único que le salía era evadir.

—Mamá, no te preocupes por mí. Si algún día me topo con un hombre con quien de verdad quiera casarme, lo haré sin dudar. Pero si no lo encuentro, tampoco me voy a casar solo por cumplir. No me pidas que acepte algo a la fuerza.

Pero Aitana, lejos de ceder, insistió:

—Xavier es un buen partido, ¿a poco ni poquito te atrae?

La cara de Gisela empezó a arder, sintió cosquilleos en la cabeza.

—Mamá, ya para, por favor —pidió, incómoda.

Aitana la miró a los ojos, como si buscara la verdad a la fuerza.

—¿Entonces de plano no te gusta?

Gisela tenía la mente hecha un nudo, no encontraba forma de explicar nada. Terminó soltando, resignada:

—No me gusta, así que ya no me preguntes.

—Bueno, aunque Xavier no sea, tengo otros candidatos —replicó Aitana, aferrándose.

Un silencio incómodo llenó la sala.

Cuando Gisela se atrevió a descubrirse, vio que Aitana seguía mirando las fotos, con el ceño tan arrugado que parecía estar resolviendo un acertijo imposible.

—Mamá —susurró Gisela.

Aitana la miró, los ojos llenos de una mezcla de miedo y cansancio.

—Gisela, esta vez sí me asustaste. Primero el accidente, luego el secuestro, ya ni sé cuántas veces entraste al quirófano. Sé que eres fuerte, que puedes sola, pero yo solo quiero que haya alguien a tu lado, aunque no te ayude en tu trabajo, que al menos te cuide, te proteja, que no te dejen sola afuera del hospital para que te pase algo, que tenga a quién pedirle un consejo si ya no sé cómo ayudarte.

Gisela bajó la mirada, apretando la tela de su pantalón con los dedos.

—Perdón, mamá. No quería preocuparte.

Aitana se giró hacia ella, suplicando con la mirada.

—No te pido que te cases a la fuerza, hija. Solo quiero que tengas a alguien contigo. Si Xavier no es el indicado y no quieres nada con él, pues ni modo, no tiene por qué quedarse toda la vida. Pero entiéndeme, solo quiero verte acompañada.

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