Gisela soltó una carcajada de repente.
Jamás se le habría pasado por la cabeza que Delia, esa chica tan aguda y directa que conocía ahora, pudiera haber sido así de insegura en la preparatoria.
Le pareció curioso. Hasta divertido.
La siguiente clase la impartía el mismo maestro de antes, y Gisela no tenía intención de levantar la cabeza.
Sin embargo, no pudo evitar escuchar los murmullos que recorrían el salón.
—¿Por qué cambiaron de maestro?
—Profe, creo que se equivocó de grupo.
—¿Ese no es el maestro de los grupos avanzados?
Solo entonces Gisela alzó la vista y, para su sorpresa, reconoció al maestro de química de su anterior grupo.
Arrugó la frente al instante.
Ese maestro tenía fama de excelente; había preparado a varios estudiantes que lograron los mejores puntajes en el examen de ingreso universitario. La escuela siempre lo asignaba a los grupos con mejor promedio. Era imposible que lo pusieran con un grupo al que prácticamente ya habían dado por perdido.
El maestro, con cara seria y la mirada dura, golpeó suavemente la mesa con su libro y habló con voz grave.
—Silencio. Esto lo decidió la escuela. A partir de ahora, yo me haré cargo de sus clases de química. Por supuesto, seguiré impartiendo clase en el grupo avanzado. Pero en mi clase, aquí o allá, nadie viene a jugar, nadie se duerme, nadie habla más fuerte que yo. Quiero disciplina total en mi salón.
—Respecto a mi materia, pueden poner atención o no, eso es cosa de ustedes. Pero quien no lo haga, más le vale sacar buenas calificaciones. Si no, no me va a temblar la mano para llamar a sus papás.
—Todo lo que acabo de decir, anótenlo bien. Y no quiero que me agarren en la movida.
Después de ese discurso, el salón quedó en completo silencio.
Nadie se lo esperaba. Justo cuando todos pensaban que su último año se iría en puro relajo, les caía encima un maestro tan estricto. Para ellos, lejos de ser una bendición, era como si de pronto les hubiera caído una maldición.
Algunos hasta voltearon a ver a Gisela con mala cara, mirándola como si ella tuviera la culpa de lo que pasaba.
Gisela apretó los labios, el gesto serio.
No necesitaba adivinarlo: esto era cosa de Nelson.
—¿Y si tú dices que no, ya debemos creerte? Ninguno de nosotros planeaba esforzarse en el examen de ingreso, pero apenas llegaste, todo cambió y ahora nos tienes así. Te advierto que no la vas a pasar bien aquí.
Sin esperar respuesta, Delia se dio la vuelta y se fue con sus amigas, dejando tras de sí una estela de molestia.
Gisela sintió un nudo en el estómago.
Faltaban tres meses para el examen, pero ella ya tenía casi todas las preguntas del año anterior anotadas en su libreta, recordando cada detalle de su vida pasada.
A decir verdad, ya estaba lista para presentar el examen cuando fuera.
¿Para qué hacía Nelson todo esto?
¿Se arrepentía, acaso, y quería compensarla?
De cualquier manera, Gisela no quería tener nada que ver con él.
Todo ese teatro que Nelson montaba no le generaba ni una pizca de agradecimiento; al contrario, solo sentía que el poder de Nelson la envolvía como una jaula, una sombra de la que no podía escapar. La asfixiaba, la hacía sentir incómoda, como si todo lo que hiciera estuviera vigilado y controlado.

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