Delia soltó una risa burlona mientras bajaba de su asiento y se acercaba hasta quedar frente a Gisela. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, con una mezcla de burla y desafío.
—Pues sí que tienes carácter, ¿eh?
Gisela mantuvo la compostura, levantó la pila de libros y, ignorando por completo a Delia, pasó a su lado como si ni la viera.
El gesto hizo que Delia frunciera el ceño y, molesta, le sujetó el brazo.
—Oye, te estoy hablando.
—Delia, ¿para qué hablas tanto con ella? Es Gisela, todos saben que ella...
Gisela giró de golpe, mirando al chico que hablaba con una calma impresionante, tan serena que su mirada lo hizo titubear. El muchacho, incómodo, se calló y apartó la vista, evitando los ojos de Gisela.
Delia ya iba a soltar otro comentario cuando de repente sonó el timbre anunciando el inicio de clases. La maestra entró al salón justo en ese momento.
Al final, Delia solo pudo lanzarle una mirada de disgusto a Gisela antes de regresar a su lugar.
Gisela apartó la vista y escaneó el salón, buscando un asiento. Sus ojos se detuvieron en la última fila, en una esquina donde solo había una mesa vacía, sin nadie al lado.
Ese lugar le pareció perfecto.
Mientras caminaba por el pasillo, notó cómo los compañeros se hacían a un lado, apartando sus cuerpos y manteniendo la mayor distancia posible. Nadie quería estar cerca de ella.
No le sorprendía en lo más mínimo.
Llegó a su escritorio y se puso a acomodar sus libros, sin levantar la cabeza.
La maestra apenas le echó una mirada fugaz antes de volverse a su propio mundo, sin importar el bullicio del resto de los alumnos. Empezó la clase con un tono desganado y apático, como si no le importara si alguien le ponía atención.
Gisela tampoco le prestó atención.
En cambio, observaba la espalda de Delia.
Nadie, ni siquiera Nelson, el principal involucrado, imaginaba que esa chica se convertiría en su mayor rival en el mundo de los negocios.
Gisela seguía concentrada en su cuaderno de ejercicios.
Parecía que por órdenes de Delia, los estudiantes del salón no dejaban de mirarla, girando la cabeza con frecuencia, pero ninguno se atrevía a molestarla.
Justo esa era la razón por la que Gisela había aceptado estar en ese grupo.
Aunque eran un montón de chicos inquietos, llevaban la lealtad y el sentido de justicia en la sangre. Admiraban la valentía, soñaban con hacer el bien y no dudaban en gritar frases que, de adultos, les daría vergüenza recordar.
Con todo y su inmadurez, no eran del tipo que apuñalaría a alguien por la espalda.
Comparados con los grupos en los que había estado antes, estos chicos eran mucho mejores.
No serían adultos todavía, pero para Gisela, eran justo lo que necesitaba en ese momento.
Levantó la vista y se encontró con la mirada inquisitiva de Delia.
Delia, sorprendida por el repentino gesto, se quedó pasmada un instante antes de endurecer la expresión, fruncir el ceño y lanzarle una mirada de advertencia. Sin decir nada más, se dio la vuelta y le dio la espalda.

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