Romina solo temía una cosa: que Gisela tuviera un peso considerable en el corazón de Nelson.
Mientras su mente se desbordaba en pensamientos confusos, una ola de náuseas le retorció el estómago. El malestar subió desde el vientre hasta la garganta, como si una marea la arrastrara, y estuvo a punto de vomitar.
Romina ya no pudo resistir. Se tapó la boca con una mano, mientras la otra se apoyaba sobre el vientre, se inclinó un poco y trató de contener las arcadas.
El silencio en el carro era tan denso que el sonido de las náuseas de Romina se volvió imposible de ignorar.
Gisela y el asistente intercambiaron una mirada; sus rostros se crisparon, evidenciando el impacto.
Gisela, sin perder el tiempo, buscó a Romina usando el retrovisor.
La vio tapándose la boca, con el miedo pintado en la cara, los ojos enrojecidos y una expresión tan vulnerable que inspiraba compasión. Miraba a Nelson buscando auxilio.
—Nelson…
Nelson arqueó las cejas, sus ojos se volvieron serios y su boca se tensó. Ya no se recargaba con indiferencia en el asiento. Se incorporó, entrelazó las manos y fijó la mirada en Romina.
Sus ojos, oscuros como la noche, se clavaron en los de Romina mientras su voz retumbó, grave y profunda:
—¿Estás embarazada?
Las mejillas de Romina se tiñeron de un rojo sutil, y en su mirada se mezclaron la inquietud y la vergüenza.
Asintió despacio, mordiéndose el labio.
—No estoy segura… Tengo que ir al hospital a revisar.
Al oír esto, la expresión de Nelson se volvió aún más seria.
—¿Cuánto llevas sin que te baje?
Romina, como una adolescente tímida, esquivó la mirada de Nelson y contestó en voz baja:
—Dos meses.
Sin importarle la presencia de los demás, Nelson volvió a preguntar:
—Entonces, ¿fue aquella vez?
Romina apretó las manos, bajó la cabeza y asintió muy despacio.
Observando cuidadosamente el rostro de Nelson, Romina se atrevió a extender la mano con cautela.
—Nelson, tengo miedo…
Nelson la miró un instante.
Finalmente, extendió su mano izquierda y tomó la de Romina, atrapándola con firmeza.
Al pensar en esto, la imaginación de Gisela se desbordó con imágenes de Romina y Nelson compartiendo la cama.
La simple idea la revolvía por dentro, casi hasta las náuseas.
No quería juzgar a un niño por lo que sus padres habían hecho.
Pero el hijo de Romina y Nelson no era cualquier niño. Travieso y revoltoso se quedaba corto. Era arrogante, mandón, incapaz de ver a los demás a su altura.
Aun así, no importaba cuántos problemas causara ese niño, Nelson siempre estaba allí para limpiar sus desastres.
Vaya que Nelson sabía ser un hombre entregado y un padre responsable.
Pero ese niño había conseguido su lugar pisoteando el cadáver de su propia hija.
¿Cómo no odiarlo?
¿Cómo podría no sentir ese rencor?
El semblante de Gisela casi cambiaba de color con cada pensamiento, y en sus ojos comenzó a asomar una furia que no podía disimular.
Apenas levantó la mirada, se topó de lleno con los ojos de Nelson, que la observaba a través del retrovisor, escrutándola en silencio.
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