Romper su propia regla el mismo día que la establecieron era una locura.
Roberto lo sabía.
Pero el último correo de Casandra había sido demasiado grande, demasiado complejo para discutirlo a través de mensajes encriptados. Se trataba de sabotear la renovación del contrato de arrendamiento del edificio insignia de Monteverde Lux en la Quinta Avenida, una operación que requería una coordinación perfecta y un timing impecable.
Necesitaban verse. Solo una vez más.
Eligió el restaurante con un cuidado casi paranoico. Un pequeño local con un comedor privado en la parte trasera, propiedad de un viejo amigo que le debía más de un favor. Sin cámaras de seguridad en esa sala. Con una salida de servicio directa a un callejón.
Era tan seguro como podía serlo.
Cuando Thaís entró en el comedor, Roberto sintió la misma sacudida que en la galería de arte. Llevaba un sencillo vestido gris y el pelo recogido, pero la intensidad de sus ojos hacía que pareciera la mujer más poderosa de la sala.
—Esto es un riesgo innecesario —dijo ella a modo de saludo, su voz sin el distorsionador era aún más cautivadora.
—Algunos riesgos valen la pena —respondió él, sirviéndole una copa de agua—. Necesitábamos sincronizar nuestros relojes para la operación de Nueva York.
Se sentaron y durante los siguientes veinte minutos, se sumergieron en la estrategia. La mente de Thaís era como un bisturí, diseccionando el plan, encontrando debilidades, sugiriendo mejoras. Roberto se encontró, una vez más, fascinado no solo por su brillantez, sino por la sinergia que había entre ellos.
Estaban tan absortos en los planos del edificio de la Quinta Avenida que ninguno de los dos oyó los pasos en el pasillo exterior hasta que fue demasiado tarde.
La puerta del comedor privado se abrió de golpe.
Y Liam Moreno entró.
El tiempo se detuvo.
Thaís sintió que la sangre se le helaba en las venas. Su mente se quedó en blanco. Era una pesadilla hecha realidad. La habían descubierto. Todo había terminado.
El rostro de Liam pasó de la sorpresa casual de quien entra en una sala equivocada al reconocimiento, y luego a una furia oscura y helada.
Sus ojos se clavaron primero en Roberto, su rival, y luego en ella, su frágil y amnésica esposa.
Fue Roberto quien rompió el silencio. Se levantó lentamente, su cuerpo interponiéndose protectoramente entre Liam y Thaís. Su calma era una roca en medio del huracán.
—Moreno —dijo, su voz tranquila, casi aburrida—. Qué desagradable coincidencia.



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