El despacho de Liam Moreno se había convertido en una jaula.
Pasaba las noches allí, rodeado de informes de seguridad, transcripciones de llamadas y diagramas de flujo que intentaban encontrar un patrón en el caos que se había apoderado de su vida.
El topo seguía siendo un fantasma. La auditoría fiscal sorpresa lo había paralizado. La adquisición de “Nómada” había sido una humillación pública. Y ahora, la joya de la corona, el contrato de arrendamiento de su tienda insignia en la Quinta Avenida, estaba en peligro.
El propietario del edificio, un viejo conglomerado con el que tenían una relación de décadas, había anunciado de repente que abría el contrato a nuevas ofertas. Y, por supuesto, Roberto Márquez había sido el primero en presentar una propuesta.
Liam se sentía como un general cuyo libro de estrategias había sido robado por el enemigo.
Cada movimiento que planeaba, cada iniciativa que tomaba, Márquez parecía anticiparlo. No solo lo contrarrestaba, sino que lo hacía de una forma que lo dejaba en ridículo.
Ya no era mala suerte. No era una coincidencia.
Era un patrón.
Se levantó y caminó hacia la pizarra blanca que cubría una de las paredes de su despacho.
Estaba cubierta de nombres, flechas y fechas, el mapa de su paranoia.
En el centro, había tres nombres rodeados por un círculo rojo: Camelia, Julián y Thaís.
Camelia. La había enviado a un “retiro” forzoso. Desde su partida, las filtraciones no solo no se habían detenido, sino que se habían vuelto más precisas y dañinas. Podía ser descuidada, pero no creía que tuviera la inteligencia para orquestar algo así. La descartó, por ahora.
Julián. Su cuñado era débil, estúpido y avaricioso. Capaz de vender a su propia hermana por un puñado de dinero. Pero era demasiado cobarde y desorganizado para ser el cerebro de una operación tan sofisticada. Era un peón, no la reina.
Y luego estaba Thaís.
Su frágil, rota y amnésica esposa.
La idea seguía pareciéndole absurda. La veía todos los días. Su confusión, su miedo, su torpeza… todo parecía tan real. Había puesto a un guardaespaldas para vigilarla, había intervenido sus comunicaciones. No había nada.
Pero el encuentro con Márquez en el restaurante seguía corroyéndole la mente. La excusa de haberse perdido era ridícula.
Y el desfile… el recuerdo del desfile era una espina clavada en su orgullo. El desastre de los bolsos, seguido por la “milagrosa” intuición de Thaís con ese pequeño pin…
Un pin. Un detalle tan pequeño, tan insignificante.
Liam se acercó a su escritorio y abrió un cajón. Sacó la tableta que le había regalado a Thaís en el hospital. Sus expertos en seguridad la habían revisado. No encontraron nada. El historial de navegación era inocente: tiendas de ropa, noticias de celebridades, recetas de cocina.

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