Laura entró en el despacho de Roberto con una pila de informes.
—Señor, aquí está el análisis de impacto de la auditoría fiscal de Monteverde Lux. Sus operaciones estarán paralizadas al menos dos semanas. Y aquí está el informe sobre el periodista de investigación…
Dejó de hablar.
Roberto no la estaba escuchando. Estaba de pie, junto al ventanal, mirando la ciudad, pero su mente estaba en otra parte.
Estaba en un callejón oscuro, en un coche anónimo, entregándole un pendiente de diamante a la mujer más peligrosa y fascinante que había conocido en su vida.
—Laura —dijo de repente, sin girarse—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
Laura, que había sido su asistente, su mano derecha y su confidente durante casi diez años, se sorprendió. Roberto nunca mezclaba lo personal con lo profesional.
—Por supuesto, señor.
—¿Alguna vez has hecho algo completamente ilógico, algo que va en contra de todos tus instintos de supervivencia, solo por… curiosidad?
Laura pensó por un momento.
—Me casé con mi primer marido. Fue un desastre.
Roberto sonrió levemente.
—Esto es… más complicado.
Se giró y la miró. Su rostro, normalmente una máscara de control impenetrable, mostraba una vulnerabilidad que Laura rara vez había visto.
—La estoy protegiendo —dijo, casi para sí mismo—. Estoy moviendo hilos, gastando capital político, exponiendo a mi propia empresa a un riesgo innecesario… todo para crear una burbuja de seguridad a su alrededor.
—Habla de la señora Moreno —afirmó Laura. No era una pregunta.
Roberto asintió.
—Le prometí que su secreto estaba a salvo conmigo. Pero estoy haciendo mucho más que eso. Y no sé por qué.
Se pasó una mano por el pelo, un gesto de frustración impropio de él.


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