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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1200

El brazo que la rodeaba por la cintura era fuerte y la sostuvo con firmeza, impidiendo que se desplomara.

—¿Qué pasa? —preguntó Gaspar con voz grave y un deje de preocupación—. ¿Estás mareada o te sientes mal del corazón?

—Estoy mareada —respondió Micaela con los ojos cerrados. Su voz sonaba ronca por el llanto. Una sensación de vértigo la envolvía, haciendo que el mundo girara a su alrededor con el más mínimo movimiento.

En ese momento, su instinto fue apartarlo, pero se dio cuenta de que no tenía fuerzas ni para mantenerse en pie. El impacto emocional y el agotamiento de los últimos días de trabajo intenso estaban pasándole factura.

Gaspar frunció el ceño y, sin decir más, se inclinó, pasó un brazo por debajo de sus rodillas y la levantó en vilo.

—¡Suéltame! —protestó Micaela, forcejeando.

Pero Gaspar la ignoró. La llevó a través de una puerta oculta que parecía un librero, revelando una suite de descanso de diseño minimalista pero lujoso.

—Gaspar, bájame —insistió Micaela, pero él la depositó sobre la suave y gran cama. Intentó incorporarse, pero una mano firme la detuvo.

—Necesitas descansar urgentemente —dijo Gaspar con un tono grave y autoritario, mientras la cubría con una manta ligera.

—No quiero descansar aquí… —Micaela giró la cara, rechazando el olor a él que impregnaba el lugar, rechazando sus cuidados. Además, el hecho de que le hubiera ocultado la verdad hacía que no quisiera ni verlo.

—Si de verdad quieres salvarlo, primero tienes que cuidarte tú. Si también caes enferma, Anselmo no tendrá ninguna esperanza —dijo Gaspar, de pie junto a la cama, mirándola desde arriba con una profundidad insondable en sus ojos—. Además, tienes que pensar en Pilar.

Tenía que admitir que sus palabras habían dado en el clavo. Su hija era su debilidad y Anselmo dependía de su investigación para salvarse. En ese momento, mareada y exhausta, realmente necesitaba descansar.

Al ver que se quedaba en silencio, mordiéndose el labio con terquedad y con rastros de lágrimas en las mejillas, el tono de Gaspar se suavizó.

—Descansa un rato aquí. Cuando se te pase el mareo, yo mismo te llevaré de vuelta al laboratorio.

—Gaspar, lamento que tengas que pasar por esto. Es normal que Micaela reaccione así al saber la verdad. Supongo que te habrá reclamado bastante, ¿no? La orden de silencio vino directamente del vicepresidente Villegas, así que no teníamos más remedio que acatarla. Aunque, por otro lado, también era para no agobiar a Micaela con más presión y que eso afectara la investigación.

Al escuchar el tono comprensivo del director, Gaspar suspiró levemente.

—Entiendo las razones del vicepresidente. Si estuviera en su lugar, habría hecho lo mismo.

—Entonces, intenta consolar a Micaela, explícale las cosas con calma. Seguro que entenderá las buenas intenciones del vicepresidente.

—Lo haré —dijo Gaspar con voz tranquila—. También entiendo cómo se siente ella.

—Bueno, entonces te encargo que te ocupes de ella. Tienes que calmarla y, al mismo tiempo, asegurarte de que la investigación no se detenga, e incluso que se acelere. Anselmo… tuvo algunas complicaciones al mediodía.

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