Micaela se quedó pasmada un instante y se tocó la cara instintivamente.
—La misma marca de la que te hablé la otra vez, no he cambiado nada.
Verónica la observó con detenimiento, con una mirada inquisitiva.
—Entonces, ¿por qué a mí no me funciona igual y a ti te deja así? Mira tu piel: está radiante, sonrosada, no se te ve ni un poro. Te ves mejor que antes, como si brillaras con luz propia.
Micaela sintió que se le calentaban las orejas al recordar que cierto hombre no había tenido mesura en las últimas dos noches.
—Quizá es porque... —Micaela tosió ligeramente— descansé muy bien cuando fui al viaje de Villa Fantasía. —Luego cambió de tema rápidamente—: Oye, Verónica, ¿ya tienes novio?
Verónica suspiró. —Mi mamá me sigue insistiendo con citas a ciegas. Yo quisiera, pero no he encontrado al indicado.
—Ya llegará —la consoló Micaela.
Verónica miró a Micaela con envidia. Claro que Micaela no tenía de qué preocuparse, pero para ella el panorama era más complicado.
De regreso en el laboratorio, Micaela se puso su bata blanca y comenzó a ajustar los parámetros. La precisión de ese equipo era crucial para su trabajo.
Estaba concentrada en su tarea cuando sintió que alguien la observaba desde el cristal del laboratorio. Levantó la vista por inercia y se llevó una sorpresa.
Gaspar estaba allí.
Y traía un ramo de flores en la mano.
Micaela le avisó a Tadeo y salió al pasillo. Que viniera ya era mucho, pero ¿con flores? Parecía que quería anunciar algo a los cuatro vientos.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
Esta vez, Gaspar no traía rosas, sino un ramo de flores blancas, tipo lisianthus, sencillas y frescas, nada ostentosas.
—Te extrañaba, así que vine a verte —dijo Gaspar, sin poder apartar la mirada de ella.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Divorciada: Su Revolución Científica