Sofía, a un lado, sonrió.
—Mira qué feliz está Pilar. Seguro extrañaba mucho al señor Gaspar.
Micaela salió. Gaspar tenía un aire de haber viajado mucho, como si acabara de bajar del avión.
—Ve a descansar. Yo llevo a Pilar —le dijo Micaela, notando su cansancio.
—Las acompaño —respondió Gaspar, tomando la mano de su hija y mirándola a ella.
Pilar también le agarró la mano.
—Mamá, quiero que papá también me lleve a la escuela, por favor.
Micaela no tuvo más remedio que asentir.
—Está bien.
En el asiento trasero del carro de Micaela, Pilar y Gaspar conversaban sobre su viaje de negocios. Pronto llegaron a la escuela.
Pilar entró feliz. Micaela, de vuelta en el carro, se dirigió al hombre en el asiento trasero.
—Te llevo a tu casa a descansar.
—¿Y tú? —preguntó Gaspar con voz grave, un poco ronca.
—Tengo que ir a un centro comercial a comprar unas cosas —dijo Micaela.
—Vamos juntos, entonces. Justo se me vació el refrigerador y necesito comprar algunos víveres —dijo Gaspar con una sonrisa.
Antes de que Micaela pudiera responder, Gaspar añadió:
—Por favor.
Micaela lo miró por el retrovisor, encendió el carro y se dirigió a un gran centro comercial cercano.
El silencio se instaló en el carro por un momento. Gaspar se recostó en el asiento y cerró los ojos para descansar.
Al llegar al estacionamiento subterráneo, ya se veía más despejado. Acompañó a Micaela hasta los elevadores.
Cuando llegó el elevador, no había casi nadie. Micaela entró primero y Gaspar la siguió. Sin embargo, en ese instante, una mujer de mediana edad corrió y detuvo las puertas, llamando a sus amigos que venían detrás.
—¡Rápido, rápido!
Micaela escuchó el sonido de muchas pisadas. A continuación, dos mujeres con carriolas, dos hombres y cuatro ancianos se metieron en el elevador. Como las carriolas ocupaban mucho espacio, Micaela tuvo que retroceder hasta quedar pegada a la pared. En ese momento, un repartidor entró de prisa, haciendo que todos se movieran hacia atrás. Justo cuando un hombre robusto estaba a punto de aplastarla, una mano grande y cálida la rodeó por los hombros, llevándola a un lado y colocándola en un rincón un poco más espacioso.
Justo hoy tenía que comprar toallas sanitarias. Sentía que su período podría llegar esa noche, así que no tenía opción.
—Ve a comprar lo tuyo. Yo todavía tengo que comprar mis propias cosas —dijo Micaela, esperando que dejara de seguirla.
—De acuerdo, voy a la sección de bebidas a ver qué encuentro —dijo Gaspar y se fue.
Micaela se dirigió al pasillo de productos femeninos. Justo cuando terminó de escoger, vio a Gaspar regresar con un paquete de botellas pequeñas de whisky. Cuando iba a ponerlas en el carrito, notó la bolsa con las toallas sanitarias que Micaela ya había elegido.
Gaspar dejó el whisky a un lado. Luego, Micaela fue a la sección de frutas. Él no necesitaba comprar nada de eso, pero tomó el carrito y la siguió.
Vio cómo Micaela inspeccionaba cuidadosamente el color y la firmeza de la fruta, con una expresión suave y concentrada. De repente, un sentimiento que no había experimentado en mucho tiempo lo invadió: la cálida sensación de la vida cotidiana en pareja.
—¿Quieres que comamos juntos? —preguntó Gaspar en voz baja.
Micaela lo miró y respondió con un tono normal y natural:
—No tengo tiempo.
Gaspar no pareció decepcionado, simplemente sonrió.
—Está bien, avísame cuando tengas tiempo.

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