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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1369

Micaela asintió. Tenía algunos documentos que probablemente necesitaría revisar en el avión. Como el tiempo de preparación había sido muy corto, planeaba hacerlo durante el vuelo.

Al día siguiente, descansó en casa. Por la noche, Adriana vino a recoger a Pilar. Para evitarles el desvío de llevarla a la mansión Ruiz, se la llevaron antes.

Esa noche, Micaela terminó de empacar y al día siguiente se levantó a las siete de la mañana.

A las ocho, Gaspar tocó el timbre. Micaela tenía una maleta y una bolsa de viaje. Justo cuando iba a sacarlas, Gaspar entró con su imponente figura y tomó una en cada mano. —Yo me encargo.

Sofía despidió a Micaela con una sonrisa. —¡Que tenga buen viaje, señora!

Micaela se volvió y le dijo: —Tú también descansa.

En el vestíbulo del ascensor, Micaela notó que Gaspar no llevaba equipaje y frunció el ceño. —¿Y tus maletas?

—Enzo las llevó al aeropuerto antes.

Al llegar al estacionamiento subterráneo, vio que en el lugar donde normalmente estaba estacionado su Maybach, ahora había un superdeportivo gris plateado, de líneas fluidas y un diseño increíblemente futurista que brillaba bajo la luz.

Micaela no sabía mucho de carros, pero sabía que ese modelo era carísimo.

Antes, Gaspar tenía varios carros deportivos, pero desde que nació su hija, los había cambiado por sedanes o camionetas, más convenientes para instalar la silla de seguridad de la niña. Prácticamente no había vuelto a conducir un deportivo.

Gaspar guardó el equipaje de ella en el maletero delantero, luego abrió la puerta del copiloto y le dijo: —Sube.

Micaela quiso preguntar algo, pero prefirió no decir nada y se subió.

Gaspar se sentó al volante y encendió el motor. Un rugido grave y potente resonó en el estacionamiento subterráneo, que luego se transformó en un zumbido estable.

Poco después, el deportivo gris plateado salió con elegancia del estacionamiento y se incorporó al tráfico.

Micaela, sentada en el carro, sentía las miradas de todos a través de la ventanilla.

Sin duda, ese deportivo de edición limitada era un espectáculo en movimiento entre el tráfico.

Micaela asintió y lo siguió para subir al avión.

Quince minutos después, Micaela estaba revisando sus mensajes en el celular cuando escuchó a la azafata cerrar la puerta de la cabina. Levantó la vista, sorprendida. Al oír el sonido de los motores del avión, le dijo rápidamente a la azafata: —¡Espere, Gaspar todavía no ha subido!

En ese momento, Tomás, que estaba sentado frente a ella, se levantó. —Señorita Micaela, por favor, siéntese. El señor Gaspar recibió una llamada repentina y tiene un asunto que le impide acompañarla. En este viaje, yo estaré con usted.

Micaela se quedó atónita, pero entendió al instante. ¿Qué asunto urgente podía tener Gaspar? Era obvio que todo había sido un plan bien orquestado por él.

Lo había hecho a propósito.

—Señorita Micaela, supongo que ya se dio cuenta. El señor Gaspar solo quería que usted viajara en su avión privado para tener un viaje cómodo —explicó Tomás.

Micaela volvió a sentarse, una mezcla de emociones la invadió. En ese momento, su celular vibró con un mensaje: «Dijiste que evitaríamos tomar el mismo avión. Micaela, que tengas un buen viaje. Tomás te protegerá durante toda tu estancia en Isla Serena».

Micaela leyó el mensaje, sintiéndose aún más confundida.

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