El fin de semana, Micaela se dedicó a preparar todo para el viaje. Compró bloqueador solar para su hija y un montón de cremas para ella; cuando se trataba de ir a la playa en verano, sentía que ninguna precaución sobraba.
Pilar estaba emocionadísima y preparó su propia maletita con sus vestidos. A Micaela le encantaba ver a su hija disfrutar empacando.
Gaspar estuvo muy ocupado esos dos días, necesitaba dejar todo listo en la empresa antes de desconectarse.
El martes a las nueve y media, el avión privado de Gaspar estaba listo para despegar.
Pilar saltaba de alegría. Adriana llevaba un vestido largo casual, y Gaspar vestía una sencilla playera tipo polo blanca y pantalones oscuros, con un aire relajado de vacaciones. Estaba al pie de la escalerilla platicando con el capitán.
Poco después llegaron Enzo y los tres hombres de Tomás.
El viaje fue corto y tranquilo. En dos horas llegaron al aeropuerto de la isla, un lugar famoso por su mar transparente como cristal, arena blanca y fina, y una privacidad absoluta.
El avión comenzó el descenso. Por la ventanilla ya se veía la isla verde como una esmeralda incrustada en el mar, rodeada de playas blancas y anillos de agua que iban del turquesa al azul profundo. Desde el aire, la vista era impresionante.
Los ojos de Micaela brillaban con expectativa. Relajarse una semana en un lugar así era algo que valía la pena.
El avión aterrizó suavemente en la pista privada. Al abrirse la puerta, una brisa cálida con olor a sal los recibió. Tres carritos de golf ya los esperaban al pie de la pista.
Subieron a los carritos y, recorriendo una amplia avenida costera, llegaron a una enorme villa blanca de estilo moderno frente al mar. Tenía una vista increíble, y la alberca privada brillaba bajo el sol, conectándose casi directamente con la arena.
—¡Está increíble! —exclamó Adriana quitándose los lentes de sol y abriendo los brazos hacia el viento—. ¡Micaela, ahora sí te vas a poder relajar de verdad!
Micaela estaba de muy buen humor. Asintió sonriendo.


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