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Divorciada: Su Revolución Científica romance Capítulo 1649

El vaso de agua sobre la mesa se vino abajo por la fuerza de la onda expansiva. Afuera, las alarmas comenzaron a sonar como locas, mezclándose de forma macabra con los gritos y llantos desesperados de la gente.

Al otro lado de la línea, la voz de Gaspar cambió al instante.

—¡Mica! ¿Qué acaba de pasar?

Micaela se agachó torpemente a recoger el teléfono del piso y respondió con la garganta apretada:

—Creo... creo que hubo una explosión en la planta baja del hotel.

Dicho eso, se acercó a la ventana con el celular en la mano. Echó un vistazo hacia abajo y, en efecto, todo era una columna de humo denso con personas corriendo despavoridas en todas direcciones. De pronto, un segundo estallido retumbó en la zona, haciendo vibrar todos los cristales de la habitación.

—¡Aléjate de la ventana! —gritó Gaspar—. Escúchame bien: no salgas de ahí por nada del mundo. Quédate en tu cuarto, ahorita mismo mando a tus escoltas a que suban por ti.

El corazón de Micaela latía desbocado y la mano le temblaba al sostener el celular.

—Está bien, no saldré —prometió.

—Les llamo ahorita mismo para que te saquen a un lugar seguro. —Y con prisa evidente, Gaspar cortó la llamada.

Micaela se quedó aferrada al teléfono. Entró un mensaje de uno de sus colegas del curso:

«Doctora Micaela, el hotel ha sufrido un ataque terrorista. Dicen que los agresores andan armados por la planta baja, por favor no vaya a salir».

Justo entonces, entró una llamada de Gaspar.

Micaela contestó angustiada:

—¡Bueno!

—Mica, escúchame. Pase lo que pase, no tengas miedo. Voy para allá.

Micaela abrió los ojos de par en par.

—¿Que vas a venir?

—Sí, voy en camino al aeropuerto.

—Pero...

—Espérame —sentenció Gaspar antes de volver a colgar.

Micaela escuchó las sirenas de las patrullas mezcladas con el caos externo; jamás pensó verse envuelta en algo que pareciera sacado de una película de terror.

El terror la invadió cuando las ráfagas de los disparos se escucharon afuera del recinto.

En eso, unos pasos rápidos y pesados retumbaron por el pasillo afuera de su puerta, seguidos de gritos en un acento tosco y extranjero:

—¡Todo el mundo en sus malditas habitaciones! ¡Al primero que salga, me lo quiebro!

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