Giselle forzó una sonrisa y dijo: —Felicidades, Señor Montero.
Fernando borró su sonrisa de golpe. —¿Por qué me felicitas?
Giselle se quedó pasmada. —La señorita Cárdenas está esperando un hijo suyo... ¿No se acaba de alegrar por eso?
¿Y quién dijo que el hijo de Camila era suyo?
—Vuelve a tu trabajo.
—Respecto a la señorita Cárdenas... ¿va a ir a verla?
Fernando respondió con frialdad: —Yo me ocuparé de eso.
Cuando Giselle salió, Fernando tomó el anillo del tocador.
Isabel... si el hijo de Camila no es mío, significa que esa noche ella y yo no nos acostamos. ¿Podrías perdonarme si supieras la verdad?
Después de aquella noche, Fernando tenía lagunas mentales; no recordaba en absoluto si había intimado con Camila.
Pero él era un hombre operado de vasectomía, y ahora Camila salía con que estaba embarazada. Era evidente que lo estaba engañando.
¡Todos estos años tratándola como a una reina para que ella le pagara mintiéndole sobre algo tan grave!
Fernando llamó a su chofer.
Tras subir al auto, le marcó a Camila.
—¿Dónde estás?
—En el hospital —respondió Camila con voz cantarina—. Fernando, ¿te dio el recado la señorita Giselle?
—Sí. Voy para allá ahora mismo.
—Aquí te espero.
Camila sentía una felicidad inmensa.
Ella tampoco esperaba quedar embarazada. Aunque el bebé no era de él, Fernando creía que esa noche habían estado juntos, así que asumiría la paternidad sin dudar.
A partir de ese momento, Fernando sería solo y exclusivamente suyo.
Como a la media hora, Fernando se plantó frente a ella.
Tenía el rostro sombrío y pesado.
Camila, recostada en la cama del hospital, frunció el ceño y preguntó: —Fernando, por fin tendremos un hijo... ¿No te alegra?

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