—Fernando, ¿no vas a entrar con nosotros? —preguntó Camila.
El bebé se acercó a Fernando y, con sus manitas regordetas, se aferró a la tela de su pantalón.
—Papá, ¿ya te vas? Mamá dijo que cuando regresáramos podríamos estar contigo todos los días. No quiero que te vayas.
Fernando fue incapaz de resistirse a la mirada suplicante del niño. Se agachó, lo tomó en brazos, le pellizcó suavemente la mejilla y murmuró con ternura:
—Papá no se va.
Camila estaba radiante.
Sabía que, mientras tuviera al bebé, Fernando no podría tratarla con la frialdad de antes.
Ese niño era su tesoro, el arma perfecta para amarrarlo a su lado.
Hasta el momento, Fernando ni siquiera había mencionado la prueba de paternidad.
El rostro del niño era la prueba más contundente; aunque él la exigiera, ella ya no tenía nada que temer.
Adentro, Tomás Cárdenas y su esposa los esperaban con un gran banquete.
Al ver entrar a Fernando con el niño en brazos junto a Camila, la alegría de los anfitriones fue absoluta.
Ahora que Fernando estaba divorciado y Camila había dado a luz a su hijo, daban por sentado que la boda era inminente.
—¡Fernando, qué sorpresa! Pasa, vamos a comer —lo invitó la señora Cárdenas, rebosante de entusiasmo, antes de extender los brazos hacia el pequeño—. ¡Ay, mi niño hermoso! Tu abuela todavía no te conocía. Ven aquí, déjate abrazar, ¿sí?
Tomás no cabía en sí de gozo. Años atrás había tenido una aventura de la que nació una hija, pero ahora, gracias a Camila, por fin la familia Cárdenas tenía a un heredero varón.
El niño era un encanto. Al escuchar que la mujer era su abuela, se dejó abrazar sin rechistar.
Una vez sentados a la mesa, Tomás miraba al niño con ojos brillantes y comentó:

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