"¿Quién demonios eres tú?", gruñó Charles con la voz entrecortada que se elevó hasta convertirse en un chillido. "¡Si mi esposa dice que va a morir, entonces morirá!"
Álex entró a la oficina con paso firme y sereno. Recorrió la escena con la mirada hasta detenerse en Sofía. Aun desde el otro extremo de la habitación, pudo notar que su situación era alarmante. Parecía sedada, tambaleante e indefensa.
"Quita tus sucias manos de mi esposa", dijo Álex en voz baja pero firme, transmitiendo una autoridad que paralizó a todos los presentes.
Cathy estuvo a punto de soltar una carcajada, mientras sus ojos reflejaban incredulidad. A pesar de jactarse de no conocer el miedo, al cruzarse con la mirada de Álex, sintió un extraño escalofrío recorriéndole la espalda. Por primera vez en años, le temblaron las rodillas y las manos. Soltó el cabello de Sofía, dejando que la joven cayera nuevamente sobre el sofá.
"Bien", murmuró Álex, acercándose a Sofía.
Con inquietud, Cathy lo examinó de pies a cabeza. A simple vista parecía un joven en forma, tal vez atractivo, pero sin nada especial. Aun así, su presencia le provocaba una inexplicable sensación de peligro que le erizaba la piel.
Decidida a recuperar el control de la situación, ordenó: "¡Bernard, atrapa a ese hombre!"
Bernard suspiró y puso los ojos en blanco. Ya conocía la afición de Cathy por coleccionar "juguetes" en su sótano secreto y, aunque no le agradaba en absoluto, no tenía más remedio que obedecer.
"Ven tranquilo, jovencito. Si cooperas, tal vez Bernard no te rompa tantos huesos", ronroneó con falso pesar, pues en realidad odiaba dañar sus nuevos juguetes.
Una sonrisa burlona apareció en el rostro de Álex. "Yo me preocuparía más por sus huesos".
Cathy soltó una carcajada desmedida, echando la cabeza hacia atrás mientras todo su cuerpo se estremecía. "Bernard fue campeón de boxeo de peso completo, cariño. Con un solo puñetazo te dejará dormido por varios días".
Bernard avanzó tronándose los nudillos. Adoptó su postura de boxeo profesional mientras en sus ojos brillaba una confianza.
"Con un solo golpe será suficiente", se burló antes de abalanzarse para lanzar su puño hacia la cara de Álex.
Sin inmutarse, Álex interceptó el puño de Bernard en pleno vuelo. Sus dedos se cerraron alrededor de los nudillos del hombre con fuerza implacable. A Bernard se le desfiguró el rostro por el dolor y cayó de rodillas bajo la presión demoledora del agarre.
"¡Aaaahh!" Bernard profirió un alarido de dolor.
"Te lo advertí", dijo Álex con calma, "acabarías con los huesos rotos".
Otros dos guardaespaldas desenfundaron sus machetes y se lanzaron contra Álex. Las hojas silbaron en el aire mientras atacaban, pero Álex se movía con una velocidad sobrenatural.
Esquivó cada golpe con elegancia y, con un movimiento preciso, asestó una bofetada seca a cada uno en el rostro. Los dos ni siquiera tuvieron tiempo de sorprenderse antes de caer inconscientes al suelo.
Al otro lado de la habitación, Charles rebuscaba frenéticamente en un cajón de su escritorio. Con manos temblorosas, sacó una pistola y apuntó a Álex con una sonrisa triunfante.
"¿Crees que con esos movimientos tan elegantes las balas no te tocarán?", gruñó. "Vamos a ver si puedes esquivar esto".
"Inténtalo", respondió Álex en voz baja, con un tono más frío que el hielo.
"¡Muérete!" Charles apretó el gatillo dos veces y dos detonaciones retumbaron por toda la oficina.
Para horror de Charles, Álex había usado al corpulento Bernard como escudo humano. Las balas atravesaron el cuerpo de Bernard, quien abrió los ojos con una mirada de traición.

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