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Donia: Falsa Heredera, Múltiples Vidas romance Capítulo 1907

Donia avanzó despacio hacia el interior.

En el salón principal, un grupo de personas claramente entrenadas ocupaba cada rincón, firmes y alertas como si esperaran una orden en cualquier momento.

Darío parecía haber calculado con precisión el momento en que Donia entraría, pues justo cuando ella pisó el umbral, él giró con calma, mostrando esos ojos azules tan claros que parecía que no ocultaban ningún secreto.

No transmitía amenaza alguna, ni el más mínimo rastro de peligro.

—Señorita Hernández, al fin llegó —dijo Darío con una leve sonrisa. Al notar que Federico iba a su lado, le dirigió un saludo con cortesía—: Federico.

Federico mantuvo la mirada distante, tan reservado como siempre cuando estaba rodeado de extraños. Su aire inaccesible hacía que nadie quisiera acercarse demasiado.

Donia no perdió el tiempo con formalidades. Fue directo al grano:

—Dime de una vez, ¿qué es lo que quieres platicar conmigo?

Darío arqueó levemente las cejas, como si la respuesta le resultara inesperada.

—Pensé que primero me preguntarías por el señor Hernández.

Donia lo miró de frente, su expresión tan clara como el agua.

—Si te atreviste a hacerle algo, tampoco ibas a salir de aquí. No te veo como alguien tan torpe.

—La señorita Hernández sí que sabe bromear —comentó Darío, ignorando el tono sarcástico de Donia—. Estaba pensando que quizá podríamos ser grandes compañeros de investigación.

Un cerebro tan desarrollado como el de Donia era, sin duda, digno de estudio.

El problema era que esa mujer era demasiado cautelosa; incluso King había caído, y ella seguía en pie.

Mientras pensaba en el chip de monitoreo vital que King llevaba y que ya no emitía señal, la mirada de Darío se tornó más sombría.

—Si solo quieres hablar de eso, lo siento, pero no me interesa en lo más mínimo ese tipo de investigaciones —respondió Donia, sin un atisbo de emoción.

—Vaya, qué lástima. Creí que lo pensarías con más calma antes de decidirte.

Había en la voz de Darío una genuina tristeza. Alguien que no supiera lo que había detrás, podría caer fácilmente en la trampa de su apariencia inofensiva.

—¿Estás intentando amenazarme? —comentó Donia con una media sonrisa.

—Claro que no. Te lo digo con toda sinceridad —negó Darío, levantando ligeramente la mano y haciendo una señal a sus hombres—. Vayan, traigan al señor Hernández y a los demás.

Sus subordinados obedecieron de inmediato y se retiraron.

Nadie volvió a hablar. Por un momento, el ambiente en el salón se tornó tan tenso y enrarecido que el silencio pesaba como una losa, aunque aún no se llegara al punto de una confrontación directa.

De pronto, una persona entró apresurada desde el exterior, irradiando furia.

—¡Darío! ¿Qué pretendes? ¿Por qué destruiste la Primera Base? —gritó.

En la Primera Base había tantos proyectos y experimentos… Martí lucía desencajado por la rabia. Solo entonces reparó en la presencia de Donia y Federico, lo que lo dejó perplejo.

No se esperaba ver a Donia en ese lugar.

Darío lo miró sin perder la sonrisa calmada.

—Señor Saldaña.

En ese momento, los hombres de Darío entraron trayendo a Leonardo y Gabriela. Su actitud era sorprendentemente cortés.

El grupo se topó en ese mismo instante, como si el destino hubiera preparado el choque.

Martí, al ver la escena, sintió que algo no cuadraba.

Desde que Darío se llevó a Leonardo y Gabriela, venía sospechando de sus intenciones. Ahora, viendo todo junto, comenzó a intuir que Darío tal vez planeaba soltarlos y congraciarse con la familia Hernández. Si eso era cierto, entonces la destrucción de la Primera Base también tenía sentido.

Martí frunció el ceño, sin poder comprender la verdadera razón de Darío. Aunque King hubiera caído, la Primera Base era fruto de años de esfuerzo. No era algo que una sola familia o Alma pudieran destruir por completo.

—Darío, tú en realidad... —Martí no alcanzó a terminar la frase, porque Darío levantó la mano y lo interrumpió.

—Si además agregamos al señor Saldaña, señorita Hernández, ¿te parece suficiente muestra de buena fe? —preguntó Darío, sin siquiera mirar a Martí, dirigiéndose solo a Donia.

Lo dijo tan tranquilo, como si hablara de intercambiar cualquier baratija.

Martí, al oírlo, se le dilataron los ojos. Comprendió todo de golpe y gritó:

—¿¡Me estás entregando, Darío!?

Tal vez no entendía todos los tratos entre Darío y Alma, pero no era ningún ingenuo. Solo con pensarlo un poco, podía adivinarlo. Darío, sin duda, lo había vendido.

En ese instante, Martí reaccionó rápido y desenfundó su pistola. Aun así, no fue lo bastante rápido para vencer a los superasesinos que vigilaban el lugar.

De inmediato, varios de ellos lo rodearon, actuando por instinto, sin necesidad de que Darío les ordenara nada.

Estaba claro que todo había sido planeado de antemano.

El color se le fue del rostro a Martí, y los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretar el arma.

Sabía perfectamente que no tenía opción contra esos superasesinos.

Donia miró a Martí, acorralado, sin ninguna emoción en su mirada. No pensaba aceptar las condiciones de Darío.

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