Donia palideció tras escuchar aquello; su semblante reflejaba una mezcla de preocupación y repulsión. Ella siempre había sentido rechazo por los medicamentos, además de saber que la familia Saldaña resguardaba una gran cantidad de información médica secreta.
Aunque Darío no era parte de la familia Saldaña, sí mantenía una relación de cooperación con Alucio, lo que sugería que probablemente Alucio ya le había entregado a Darío los datos sobre la modificación genética.
Recordando la información que el príncipe Félix les llevó previamente y la desaparición simultánea de Federico, Donia por fin comprendió todo: Darío nunca había querido hablar de colaborar en investigaciones, su verdadero objetivo siempre había sido Federico.
Usó como señuelo a su tío y a Gabriela, y puso a Martí como pretexto. A simple vista, nada parecía relacionarse con Federico, pero Darío ya había anticipado que él vendría junto a Donia.
En el momento en que toda su atención se centró en Martí, Darío logró su cometido.
—Donita, no podemos permitir que esa medicina salga a la luz. Si lo hace, el mundo se va a volver un caos —la voz de Gabriela retumbó, cargada de un temor profundo. Ella sabía que eso que tanto temían no pertenecía a su época y, de aparecer, solo traería desgracia y destrucción.
—Lo sé —Donia inhaló hondo, conteniendo el vendaval de pensamientos. Sacó su celular y llamó a Hugo, quien estaba oculto en las sombras.
La llamada se conectó rápido.
—Señorita Hernández, ¿ya terminaron allá?
Donia, con la mirada encendida y dura, preguntó:
—¿Detectaron algo raro afuera hace un momento?
Desde que Donia y los demás entraron al rancho, Hugo había desplegado a su gente para vigilar toda la propiedad. Al escuchar la pregunta, contestó de inmediato:
—Aquí atrapamos a unos asesinos, pero fuera de eso, nada fuera de lo normal. ¿Pasó algo?
Al oírlo, Donia supo que debía haber una salida alterna por la que Darío se había escabullido. De otro modo, Hugo lo habría notado.
—Darío tenía como objetivo a Federico. Aprovechó el caos para llevárselo —dijo Donia apretando el teléfono.
—¿Qué? —la voz de Hugo se transformó de inmediato—. Pero no vimos salir a Darío ni a su gente.
—Él ya lo tenía planeado. Nos distrajo a todos.
A Donia le resultaba incomprensible por qué Darío arriesgaría tanto solo para llevarse a Federico, ignorando por completo su identidad y el poder que lo respaldaba. Esa seguridad rayaba en lo insólito.
Del otro lado, Hugo apretó el puño con fuerza y respondió de inmediato:
—Voy a organizar un operativo para rastrear a Darío. No puede haber ido lejos, esto es un caos pero el barrio no es tan grande. ¡Lo encontraremos!
—Bien —asintió Donia. Estaba a punto de colgar cuando una idea cruzó fugazmente por su mente al mirar el botón de su abrigo.
—Oye, ¿todavía tienen aquel comunicador especial?
—Sí —Hugo captó la indirecta—. Voy para allá y se lo llevo.
—Perfecto.
Colgó y se giró hacia Gabriela, quien tenía el rostro cubierto de preocupación.
—No se angustie tanto, todavía no hemos llegado al peor escenario.
Gabriela esbozó una sonrisa amarga, la culpa pesando en su voz.
—Si al menos hubiera destruido esos archivos hace años, quizá nada de esto hubiera pasado...
Donia guardó silencio medio minuto, después levantó la mirada.
—Se me olvidó decirle: mi maestro no está muerto.
Gabriela parpadeó, sorprendida.
—¿Sigue vivo?
—Sí —la expresión de Donia destilaba ironía—. De hecho, él fue quien fundó la Primera Base.
—Pero... ¿no que el fundador era King...? —Gabriela se interrumpió, los ojos a punto de salirse de sus órbitas—. ¿Estás diciendo que tu maestro era King?
—Así es.
Gabriela retrocedió como si le hubieran dado una sacudida eléctrica. Negaba con la cabeza, incapaz de aceptar la verdad.
—Recuerdo que, para salvarte, él sacrificó su vida activando el retroceso temporal. ¿Cómo pudo no morir?
—Solo me usó de experimento para comprobar si el retroceso temporal realmente funcionaba.
Ya no quedaban sobresaltos en la voz de Donia; tal vez porque Alucio había muerto y la familia Saldaña había sido completamente destruida, todo aquello parecía desvanecerse con el viento.
Gabriela sentía la cabeza a punto de estallar. Miró de nuevo a Donia, buscando respuestas.
—¿Y ahora él...?
—Murió —Donia apretó las manos, la voz tan baja que apenas si se oía—. Felipe y los demás también murieron.
Gabriela tambaleó y, de no ser por Leonardo que la sostuvo a tiempo, se habría desplomado. Pasaron unos segundos eternos antes de que, con los labios temblando, reuniera el valor para preguntar:
—¿Todos están muertos?
Donia sintió un nudo en la garganta, asintió apenas.
De repente, Gabriela jadeó y un sabor metálico llenó su boca. No pudo contenerlo más y vomitó sangre.
—¡Gabi! ¿Estás bien? No me asustes —Leonardo la abrazó, temblando al ver la sangre en el suelo. Su ansiedad era palpable.
Donia se apresuró a tomarle el pulso a Gabriela, ceño fruncido.
—Donita, tu tía... —Leonardo, con los ojos rojos, miró a su sobrina con miedo.

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