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Donia: Falsa Heredera, Múltiples Vidas romance Capítulo 1911

Donia entrecerró los ojos y, justo cuando Darío retrocedió de manera inesperada, ella fue más rápida y disparó. La bala se incrustó en el cuerpo de Darío, pero aun así no logró detenerlo.

Pasaron apenas unos segundos y, sin embargo, el laboratorio seguía igual de silencioso, como si aquella reacción de Darío hubiera sido solo un alarde, un simple farol.

Esa calma... era tan extraña que resultaba inquietante.

Mientras tanto, los otros dos doctores, que estaban forcejeando con Federico, palidecieron de golpe. Sin volver a mirar a Federico, salieron corriendo a trompicones rumbo a la puerta, como si huyeran de una bestia salvaje.

Donia frunció el ceño. Sabía que detrás de esa tranquilidad se ocultaba el verdadero peligro. Cruzó una mirada con Federico, y ambos, sin necesidad de más palabras, soltaron a la vez:

—¡Vámonos!

...

—Hoy ninguno de ustedes va a salir de aquí —aventó Darío, apoyándose contra la pared. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, y, aunque estaba al borde de la muerte, la locura seguía ardiendo en sus ojos.

Ya que no logró completar su experimento, se llevaría a todos con él a la tumba.

Donia giró la cabeza. No se había dado cuenta de cuándo la luz del techo comenzó a verse borrosa, y, al fijarse más, notó que una delgada neblina blanca empezaba a esparcirse por el aire.

Eso era... El semblante de Donia se endureció. Sin pensarlo, le tomó la mano a Federico y tiró de él, corriendo hacia la salida.

Pero al salir del laboratorio, el pasillo estaba aún más cubierto de humo blanco. Los dos doctores que habían salido antes ahora yacían en el suelo, retorciéndose y soltando gritos desgarradores.

Donia y Federico, al ver la escena, retrocedieron de inmediato y se encerraron de nuevo en el laboratorio.

—Es un virus —sentenció Federico, mirando la neblina con gravedad.

Ya podía sentir cómo el aire le quemaba al respirar. Al hablar, esa sensación se intensificó, aunque su cuerpo, más fuerte que el promedio, le permitía resistir un poco más.

En este mundo, además de las armas mecanizadas más letales, existían armas biológicas prohibidas, cuyo daño podía ser incluso peor y de consecuencias incalculables.

Y la familia Uribe, desde siempre, se dedicó a investigar ese tipo de armas.

—No podemos permitir que el virus se propague —Donia sentía una presión inédita en el pecho. Sacó de su bolsillo un pequeño frasco de medicinas y se lo entregó a Federico.

Federico destapó el frasco y vio que solo quedaba una píldora.

—Por ahora, estos virus no me afectan demasiado —se escuchó la voz de Donia.

Federico conocía la particularidad del organismo de Donia, así que no dudó más. Se tragó la pastilla de inmediato y preguntó:

—¿Qué tienes en mente?

—Mi medicamento solo protege por un par de minutos. Debes salir de aquí ya. Yo tengo que ir al cuarto de control —advirtió Donia.

No sabía exactamente cuán peligrosos podían ser esos virus, pero solo con ver a los doctores desplomados después de apenas unos segundos, intuía que el desastre sería mayúsculo si esto llegaba a expandirse.

Donia no olvidaba la sonrisa torcida de Darío antes de morir.

—Si me protege aunque sea unos minutos, entonces vamos juntos —Federico la miró directo, con una determinación inquebrantable. No pensaba dejarla sola, ni aunque supiera de lo que era capaz.

Ella lo miró, viendo en sus ojos una terquedad profunda, imposible de rechazar.

En ese momento, el auricular de Donia vibró y escuchó la voz angustiada de Hugo:

[—Señorita Hernández, por fin logro contactarla. ¿Cómo está la situación allá adentro?]

Desde que Donia entró al edificio, la comunicación había sido intermitente. En especial, desde que se escuchó el disparo, Hugo estuvo a punto de lanzarse él mismo al rescate.

—Deja un helicóptero listo en la azotea y que el resto del equipo evacúe rápido —ordenó Donia, avanzando entre la nube blanca sin perder la calma.

[—Entendido.] Hugo soltó un respiro. No sabía lo que pasaba ahí dentro, pero no preguntó más. De inmediato, se dirigió a los demás para dar las instrucciones.

En cuestión de minutos, el equipo comenzó a retirarse en los carros, dejando solo un helicóptero en la parte superior del edificio.

Hugo, antes de irse, miró una vez más el viejo edificio, cuyos muros parecían llenos de historias. Apretó el volante y pisó el acelerador con fuerza. Confiaba en que la señorita Hernández sacaría a su jefe de ahí.

...

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