Por culpa de lo que pasó con Demian, Regina estuvo decaída varios días. Aunque Demian no dejaba de consolarla, era imposible que no sintiera tristeza. La inquietud la carcomía y, en más de una ocasión, le preguntó a Demian quién era ese maestro, cómo podía conocerlo, que necesitaba platicar con esa persona directamente. Sin embargo, Demian nunca le dio la oportunidad. Solo le repetía que no había otra opción, que era inútil insistir.
El tiempo voló y, al cabo de unos días, la familia Beltrán organizó una gran fiesta para celebrar el regreso de Regina. Por toda la ciudad de Clarosol, en las pantallas más grandes, se veían las fotos de Regina y anuncios que celebraban su regreso con los Beltrán. De hecho, no solo en Clarosol, sino en ciudades de todo el mundo, se colocaron anuncios similares. Romeo había gastado una fortuna en pantallas y publicidad, orgulloso de anunciar que por fin había encontrado a su verdadera hija.
Gracias a eso, el nombre de Regina se volvió famoso en todos lados. Todo el mundo supo que ella era la hija de Romeo, y que además era increíblemente talentosa. La magnitud de la fiesta de bienvenida era impresionante, digna de alguien de alto perfil.
Cuando llegó el día, Regina se puso el vestido que Violeta le había preparado, se arregló con esmero y se dirigió al evento. La celebración tenía lugar en el hotel más lujoso de Clarosol. Los invitados, todos ellos personas de gran importancia, iban llegando uno tras otro. Incluso asistieron presidentes de varios países y hasta una reina, todos listos para felicitar a Romeo por haber recuperado a su hija.
A pesar del tamaño y el lujo del evento, Regina no se sintió intimidada. Mantuvo la calma y, gracias a la presentación de Romeo, saludó uno a uno a los invitados, recibiendo sus regalos con una sonrisa. Todos parecían fascinados con ella, no dejaban de decir que era fuera de serie, que su talento era evidente.
Salomé también asistió a la fiesta. Buscó el momento oportuno y se acercó a Regina para disculparse en persona.
—Perdóname. Antes sí, te tenía envidia... y también miedo de que regresaras a la familia Beltrán —admitió con franqueza—. Sé que todo lo que tengo es gracias a los Beltrán, así que puedes estar tranquila: ya no voy a ir contra ti. No solo porque papá y mamá me lo han dicho, sino porque ya entendí que estaba equivocada.
—Todo lo que tuve mientras tú no estabas fue un golpe de suerte para mí. No tengo derecho a ser ambiciosa ni a querer más.
—Ver todo lo que hizo papá para darte la bienvenida me hizo entender que, comparadas, no hay punto de comparación entre tú y yo.
—Tienes un talento natural... —Salomé soltó una pequeña risa—. No se puede negar que tú eres de verdad su hija. No es solo que te pareces en la cara, también tienes esa chispa, eres brillante de una forma tan natural. Yo, en cambio, por más que me esfuerzo, no puedo acercarme a ellos.
—Pero, ¿sabes? Ahora que volviste, siento alivio.
—Ya no tengo que intentar ser la hija perfecta que ellos desean. Por fin puedo dedicarme a lo que me gusta y ser yo misma.
Regina notó sinceridad en las palabras y la actitud de Salomé, así que asintió.
—Entonces, tampoco voy a guardar rencor por lo que pasó antes.
—De ahora en adelante... supongo que podemos ser hermanas, ¿no?
Salomé asentó, emocionada.
—¡Gracias! Yo sé que, si quisieras, podrías echarme de la familia Beltrán con una sola palabra... pero no lo hiciste. Gracias por eso.
Regina se encogió de hombros.
—Tampoco eres tan mala como Aitana. Créeme, comparada con ella, sales ganando por mucho.
—¿Verdad? —rió Salomé—. Lo tomaré como un cumplido.
—Lo es —confirmó Regina—. Aitana ya debe estar arrestada, seguro la están haciendo pasar un infierno. Se metió con la gente equivocada.

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