—Isa, ¿ya hablaste bien con Óscar? —Regina dirigió una mirada curiosa hacia Isabella.
—Sí, ya platicamos. —Isabella asintió y volteó discretamente. Óscar estaba no muy lejos, observándola en silencio.
—Qué bueno —comentó Regina, aliviada—. Los últimos días ese manito se puso loco, nos traía con el Jesús en la boca.
Al recordar lo que ocurrió hace unos días, cuando Óscar de repente secuestró a Isabella, tanto Regina como Oriana no pudieron evitar un escalofrío.
Resulta que Isabella tenía una cita a ciegas, y Óscar también había ido a una reunión con su supuesta prometida. Pero terminó siendo una casualidad: ambos en el mismo restaurante, ambos en una cita. Cuando se dieron cuenta, todo se descontroló.
Óscar perdió la cabeza.
En un impulso de amor posesivo, la secuestró y la ocultó en algún lugar.
Por suerte, después de un tiempo, Óscar recapacitó. Hablaron largo y tendido, y al final lograron dejar las cosas claras.
Decidieron darse una oportunidad e intentar salir como pareja.
Mientras tanto, la fiesta seguía a todo lo que daba, la música y las risas llenando el ambiente. En otro rincón del país, la familia Jiménez estaba apiñada en una casa descuidada, con paredes maltrechas, mirando una vieja televisión donde transmitían en vivo la fiesta de Regina.
El evento se transmitía porque ahí estaban reunidos los empresarios más poderosos del mundo, así que todo el país lo veía.
Desde su rincón, los Jiménez veían a Regina reluciente, elegante, rodeada de gente influyente que también brillaba como si fueran de otro mundo. El remordimiento les carcomía el pecho.
No eran los únicos que lamentaban sus decisiones. En ese mismo instante, en el hospital, Jacobo también se arrepentía profundamente.
Vanesa Chavira estaba en labor de parto. Jacobo y Lola Báez esperaban afuera, nerviosos.
La televisión del hospital transmitía la fiesta de Regina. Jacobo la vio moverse entre empresarios y celebridades, como si fuera un ángel entre mortales.
—¿Quién iba a pensar que ella es hija de Romeo y su esposa? —comentó Lola al ver la imagen de Regina en la pantalla, con el ceño fruncido.
Mientras ellos seguían embobados con la transmisión, una enfermera salió con el bebé envuelto en una manta.
La enfermera miró a Lola y Jacobo, dudando si hablar.
—¿Qué pasa? ¿Es nuestro niño? —preguntó Jacobo, inquieto.
—¿Es niño o niña? —añadió Lola, acercándose.
—Es un niño... pero...
—¿Pero qué? —Lola se adelantó para cargar al bebé, pero cuando lo vio, soltó un grito ahogado—. ¡¿Qué es esto?!
—¿Qué le pasa?
—Su manita y pie están deformes, y... además, nació sin cerebro —explicó la enfermera con incomodidad.
Jacobo también lo miró y se quedó helado, sin poder creer lo que veía.
Entonces recordó las palabras de Regina. Ella les había advertido que no siguieran adelante con el embarazo.
Pero no hicieron caso y ahora la vida les cobraba la factura.
Lola tenía una expresión tan compleja como la situación. Quiso marcarle a Ignacio Báez para avisarle, pero al ver al niño no se atrevió. ¿Cómo decirle que Vanesa había tenido un hijo así?
—Jacobo, vámonos. Hay que buscar la forma de que se divorcie de ella cuanto antes —le soltó Lola, ansiosa.

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