Capítulo 35 —¡Cierra la boca! —La mirada de Rafael se clavó en Alexis—. Esta cuenta la voy a ajustar contigo más tarde.
Rafael se inclinó para cargar a Vanessa en brazos y ordenó con severidad:
—¡Vigílenlos!
Tras decir esto, salió de la habitación a toda prisa con Vanessa para buscar a un médico.
***
En la sala de curaciones, el médico mantuvo la mano de Vanessa sumergida en agua fría durante treinta minutos. Una vez que el dolor disminuyó, le aplicó una capa de pomada para quemaduras y la vendó con gasa estéril.
—Si después le salen ampollas o se le levanta la piel, debe traerla al hospital —le indicó el doctor a Rafael.
—Entendido. —Asintió Rafael, con la mirada fija en Vanessa, impaciente por ver cómo seguía.
El médico abandonó la sala y Ricardo, el asistente, lo siguió con discreción para darles privacidad.
—¿Todavía te duele? —preguntó Rafael. Sus ojos profundos desbordaban angustia y su voz era dulce.
Al recordar cómo Vanessa temblaba de dolor y sudaba hace un momento, Rafael sintió que el corazón se le estrujaba. El maldito de Alexis...
¿cómo se atrevió a tratarla así? Debía de estar destrozada por dentro.
Vanessa negó y murmuró que ya estaba mejor.
Tras el episodio de dolor, se sentía físicamente agotada, pero en el fondo de sus ojos comenzó a brotar un intenso odio.
—Rafael —dijo ella, sentada en la orilla de la camilla. Levantó la mirada para encontrar sus ojos y preguntó a modo de prueba—: Si te dijera que Natalia lo hizo a propósito, ¿me creerías?
Alexis era despreciable, ¡pero Natalia era aún peor! Mientras forcejeaba, Vanessa alcanzó a ver de reojo cómo la mujer empujaba el termo а propósito. El lugar donde ella estaba arrodillada se encontraba a menos de un metro del buró; era obvio que Natalia lo había planeado.
—Te creo —respondió Rafael sin dudarlo, con una actitud tranquila y firme.
—Le pediré a Ricardo que te lleve a casa —dijo Rafael mientras la ayudaba a levantarse—. Yo me encargaré de hacerlos pagar por lo que te hicieron.
—No, iré contigo—insistió Vanessa—. Si vamos a ajustar cuentas, quiero hacerlo personalmente.
Rafael la observó. Su hermosa cara estaba pálida, pero en ese momento reflejaba furia. Sus ojos brillaban con intensidad y, con el mentón en alto, su mirada transmitía una determinación inusual.
—Está bien, yo te respaldo —respondió él con una media sonrisa y una mirada de afecto.
Vanessa no se percató de su gesto y salió rápido de la sala, dirigiéndose a la habitación del hospital.
¡PUM!
La puerta se abrió. Vanessa se plantó en la entrada, envuelta en un aura imponente, como una reina reclamando su trono, y entró en la habitación.
Alexis se quedó atónito. Al verla entrar, Natalia sintió que se le detuvo el corazón y sus manos apretaron con fuerza las sábanas de la cama.

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