Daniel obedeció sin perder un segundo. Vanessa recordó el impacto de hacía un momento; estaba claro que esos hombres querían matarla. Se le heló la sangre al ver que el auto negro del carril izquierdo estaba a punto de rebasarlos.
Ordenó con voz firme:
—Acelera, sácanos de aquí, ¡embístelo!
—Sí, señorita.
El chofer pisó el acelerador a fondo, lanzó el vehículo hacia adelante y hundió brutalmente el frente del auto negro que intentaba cerrarles el paso. Pero eso apenas lo frenó un instante; los otros dos seguían pegados a ellos.
A Vanessa le temblaba la garganta, tenía la frente enrojecida por el golpe, pero parecía no sentir el dolor; tenía el cuerpo entero en tensión.
El auto corría a una velocidad aterradora. Daniel terminó rápido la llamada e informó:
—Más adelante hay una bifurcación. Ahí tenemos una oportunidad de despistarlos; nuestra gente nos estará esperando.
—Bien, vamos para allá.
La mirada de Vanessa se volvió seria; hacía rato que tenía el corazón en la garganta. Tenía un miedo terrible. Pero en momentos así era cuando más necesitaba mantener la calma.
De lo contrario, no volvería a ver ni a su abuelo ni a Rafael. Varios autos iban a toda velocidad por el túnel. En ese momento sonó el celular de Vanessa.
Era Rafael. Tomó el celular y contestó. Del otro lado, Rafael le habló con su calidez de siempre:
—Vane, ¿me buscabas?
Al escuchar su voz, a Vanessa se le hizo un nudo en la garganta. Cuando pensó que esa noche podía morir ahí, sintió una amargura punzante.
—Rafael...
No sabía si era por el miedo o por las ganas de llorar, pero le temblaba demasiado la voz. Rafael notó que algo estaba mal.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué hablas así?
A Vanessa se le cortó el aliento.

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