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El Arquitecto De Mi Refugio romance Capítulo 699

El teléfono se le resbaló y golpeó contra el techo del auto. Por más que Rafael gritara, ya no obtenía respuesta de Vanessa. Solo hubo silencio.

A Rafael se le detuvo el corazón; se sentía horrible. Temía que algo le hubiera pasado a Vanessa. Con los ojos rojos y el semblante sombrío, le ordenó a Ricardo:

—Rápido, prepara el avión. Volvemos a Cartaluz ya mismo.

Apretaba el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Ricardo no dudó y empezó a dar órdenes de inmediato. En menos de diez minutos, Rafael ya estaba a bordo del avión privado, rumbo a Cartaluz.

Tenía el semblante grave, ensombrecido, y a su alrededor el aire pesaba. Se le notaba un miedo que nunca antes había mostrado.

Solo podía pensar en Cartaluz y en Vanessa, sin saber si ella seguía con vida.

La Vanessa que tanto le preocupaba tenía sangre corriéndole desde el cuero cabelludo hasta la frente, y el cuerpo se le había quedado helado.

Sin saber cómo, una voz le devolvió un poco de lucidez:

—Vanessa, no te duermas...

Abrió los ojos con esfuerzo. Una punzada aguda le atravesó la cabeza, pero enseguida dejó de sentir cualquier cosa. Tenía la vista nublada por la sangre y todo se veía borroso. El interior del auto era un desastre.

Y ella no era la única herida. Daniel, el chofer y dos guardaespaldas colgaban con la cabeza hacia abajo. Estaban gravemente heridos e inconscientes; parecían peor que ella.

Pero enseguida pensó que ella tampoco estaba mejor, que estaba a punto de morir.

—Vanessa...

La voz profunda sonó otra vez, ahora más clara. Lo primero que vio fue un par de finos zapatos negros de cuero; unos pantalones negros de vestir cubrían unas piernas largas que parecían confundirse con la noche. De pronto él se inclinó y la miró con unos ojos afilados como los de un halcón.

—Soy yo. Tranquila, no voy a dejar que mueras.

Vanessa pensó que estaba muy malherida y que alucinaba, porque hasta creyó notar preocupación en Rodrigo. Sin detenerse a pensar si era una alucinación, apenas logró mover los labios, aferrándose a esa única esperanza:

—Sálvalos... a ellos...

Rodrigo tenía los ojos oscuros como la noche, y ni siquiera de perfil lograba ocultar lo serio que estaba. Ladeó la cabeza y ordenó:

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