Capítulo 585
Vanessa no sabía si reír o llorar; la dejó sin palabras. Era la hora de comer. El servicio doméstico preparó avena y la trajo.
Por un tiempo, Rafael tenía que llevar una dieta ligera. El clima caluroso y húmedo de Cartaluz no ayudaba a su recuperación, así que había que cuidar todavía más la alimentación.
Rafael apretó la mandíbula, reacio, y giró la cara.
—No tengo hambre.
—Ricardo dice que en la mañana comiste muy poco. ¿Cómo no vas a tener hambre? Come algo y, cuando termines, te tomas la medicina.
Vanessa se daba cuenta; era obvio que no quería comer. Apenas escuchó las palabras "tomar la medicina", Rafael apretó aún más el entrecejo.
—Déjalo ahí. Ahora como.
No tenía nada de apetito. Todos los días comía avena, aunque se la prepararan de mil maneras y con todos los sabores.
Ya no le sabía a nada. Sin ganas, no le entraba ni un bocado.
—Hagamos algo. Come unos cuantos bocados, te tomas la medicina y después le pido a doña Juana que te prepare otra cosa.
Vanessa lo convencía con dulzura, con una actitud tierna y muy paciente. Era de esas mujeres de belleza deslumbrante y, además, con mucha clase.
En ese momento, inclinada sobre el borde de la cama, sosteniendo el plato, con la cuchara en la mano y la cabeza apenas inclinada hacia él, era todo un deleite para la vista.
A Rafael lo envolvía el aroma tenue y limpio que ella despedía, y la molestia se le disipó.
Entrecerró un poco los ojos, pero aun así preguntó, cauteloso:
—¿Qué otra cosa?
—¿Una sopa? ¿O algo que se te haga más fácil de comer?
—Está bien.
Rafael lo pensó un momento y, dócil, abrió la boca. Vanessa, como quien consiente a un niño,

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