Rafael le sonrió con ternura, extendió la mano para acariciarle la cara y entrecerró apenas los ojos oscuros. Un momento después habló con voz ronca.
—¿Y si cambiamos esto por un salvoconducto? Si algún día hago algo que te enoje, úsalo para escuchar primero mi explicación.
A Vanessa le dio un vuelco el corazón. Recordó lo que Rodrigo le había contado, que Édgar había intentado matarla. Aun así, miró a Rafael con una sonrisa, como si nada.
—Lo haces sonar gravísimo. ¿Me has engañado en algo?
—¿Cómo se te ocurre? ¿Cómo iba yo a engañarte?
Rafael le tomó la mano y le besó el dorso. Siempre era tierno con ella y la consentía. Habían pasado por tantas cosas juntos, sobre todo aquella última vez, cuando Rafael estuvo dispuesto a dar la vida por ella.
No se le ocurría ni una sola razón para dudar de él.
—Mientras no me engañes, me basta. Está bien, acepto.
—Gracias por ser tan generosa, señora Cisneros.
Mientras lo decía, le tomó la mano entre las suyas y la rozó con los labios. Su mirada rebosaba ternura; Vanessa no sospechó nada y se enterneció. Durante los días siguientes en el hospital, fue recuperándose poco a poco.
Bianca iba todos los días a acompañarla. Verónica la visitaba un día sí y otro no, aunque nunca podía quedarse mucho rato. Cuando le retiraron las vendas de la cabeza, quedó al descubierto una cicatriz con puntos que parecía un ciempiés.
Ya se le había formado costra. Como había llegado grave y la situación era crítica, le rasuraron el cabello alrededor de la herida. Vanessa tomó el espejo que le dio Bianca y, al verse esa cicatriz tan fea, se desanimó un poco sin saber por qué.
—¡Qué horrible!
Bianca le tomó la mano, angustiada, para consolarla.
—No es horrible. El cabello te va a volver a crecer; poco a poco todo va a mejorar.
—Mira lo que te traje.
Bianca sacó de su bolso una boina color café.
—Con la boina puesta, no se nota nada.

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