Un año después.
La escena no era una suite de hotel ni una oficina con paneles de madera. Era una playa. Una franja de arena blanca y suave que se curvaba suavemente a lo largo de la costa de los Hamptons. El sol de la tarde, bajo en el cielo, teñía las nubes de tonos dorados y rosados, y el Océano Atlántico era un espejo de zafiro y fuego. El aire olía a sal, a hierba de duna y a la promesa de una noche fresca por venir.
Ava caminaba descalza por la orilla, el agua fría y espumosa de las olas besando sus tobillos con un ritmo suave y constante. Llevaba un vestido de lino blanco, suelto y sencillo, que se mecía con la brisa salada. El vestido no podía ocultar la curva prominente y hermosa de su avanzado embarazo. Su rostro, libre de maquillaje, estaba radiante, bronceado por el sol, y sus ojos brillaban con una paz profunda y serena que parecía reflejar la calma del océano.
Julian caminaba a su lado. Se había remangado los pantalones de lino hasta las rodillas y llevaba las sandalias de ella en una mano, un gesto de una domesticidad fácil y sin pretensiones. El traje de negocios había sido reemplazado por una simple camisa de algodón, y la tensión perpetua que una vez había marcado su mandíbula y sus ojos había desaparecido, reemplazada por unas líneas de sonrisa que parecían nuevas y bien merecidas. Parecía más joven. Más ligero.
Se movían en una sincronía fácil, sus hombros rozándose de vez en cuando. Sus manos estaban entrelazadas, sus dedos encajando de forma natural, no con el agarre posesivo del pasado, sino con la comodidad de dos personas que conocen la forma exacta de la mano del otro.
—Estoy bastante seguro de que el bebé quiere helado de pistacho con pepinillos —dijo él, su voz era una broma tranquila que se mezclaba con el sonido de las olas—. Específicamente, los pepinillos que solo se venden en esa pequeña tienda gourmet en el Village.



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