Se quedaron sentados en la arena, el universo reducido a ese pequeño círculo de espacio compartido, el pasado y el presente entrelazados por el sonido constante del océano. La confesión de Julian, "Empezó con amabilidad", resonó en la quietud, una verdad simple que había tardado toda una vida en redescubrir.
Ava apoyó la cabeza en su hombro, el áspero algodón de su camisa se sentía reconfortante contra su mejilla. El círculo no solo se había cerrado; había sanado.
En el cómodo silencio que siguió, Julian se movió. Se enderezó ligeramente y metió la mano en el bolsillo de sus pantalones de lino. El movimiento fue sutil, casi vacilante.
Cuando sacó la mano, sostenía una pequeña caja.
No era grande ni ostentosa. Era un pequeño cubo, de unos cinco centímetros de lado, envuelto en un terciopelo de un azul tan oscuro que, a la luz de la luna, parecía casi negro. No había lazo ni adorno. Solo la suave y profunda textura del terciopelo.
Se la entregó a Ava. Sus dedos rozaron los de ella al pasarle la caja. Su piel estaba fría por la brisa del mar.
Ava lo miró, una pregunta silenciosa en sus ojos. Su corazón, que había estado latiendo con un ritmo tranquilo y sereno, comenzó a acelerarse un poco.
No era su cumpleaños. No era un aniversario. No era una ocasión especial. Era solo un martes por la noche en una playa. Y por esa misma razón, el gesto se sentía monumental.
Tomó la caja. El terciopelo era suave bajo sus dedos, y el objeto tenía un peso inesperado para su tamaño. Después de todo lo que habían pasado, después de las joyas que eran cadenas y los regalos que eran transacciones, un gesto como este todavía se sentía nuevo, incierto y lleno de un significado que casi no se atrevía a explorar.
Lo sostuvo en la palma de su mano por un momento, el pequeño cubo oscuro un misterio en la penumbra.
—Julian... —comenzó, su voz era un susurro.

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