Estaban a solo unos metros del borde del césped bien cuidado que rodeaba la casa de la playa. La luz del porche los bañaba, proyectando sus largas sombras detrás de ellos sobre la arena. El olor azafranado de la paella de Elias flotaba en el aire, una invitación irresistible a unirse a la calidez y al ruido de la familia. Ava dio un paso hacia las escaleras de madera, ansiosa por abrazar a su madre.
Pero Julian se detuvo. Su mano, todavía entrelazada con la de ella, la detuvo suavemente.
—Espera un momento —dijo, su voz era un murmullo bajo, casi reverente.
Ava se giró para mirarlo, una pregunta en sus ojos. Él no estaba mirando hacia la casa. Su mirada estaba fija en un tramo de playa a su derecha, un lugar que parecía indistinguible del resto de la costa.
Soltó su mano y dio unos pasos en esa dirección, sus pies hundiéndose en la arena fría. La guió suavemente, alejándola de la luz de la casa, hacia un tramo de playa aparentemente anodino cerca de unas dunas bajas cubiertas de hierba alta que susurraba con el viento.
Se detuvo. El único sonido aquí era el constante rugido de las olas y el gemido del viento. La música y las risas de la casa eran un murmullo distante.
—Este es el lugar —dijo él, su voz era apenas un susurro, cargada de un peso que Ava sintió al instante en su propio pecho—. Justo aquí.
Ella miró a su alrededor. Arena, hierba de duna, la vasta extensión oscura del océano. No había nada que marcara el lugar. Nada que lo hiciera especial.
—Aquí es donde te sentaste a mi lado —explicó él, y las palabras parecieron colgar en el aire nocturno, imbuidas de la gravedad de treinta años de historia.



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