La gente a su alrededor se quedó paralizada.
De pronto, un grupo con uniformes negros apareció de la nada rodeando la escena.
Guardias de las Sombras... ¿acaso eran ellos?
"Julius...", la voz de Gavin se escuchó detrás de él.
"Gavin, cállate. Si algo le pasó a Quinn, te juro que...", el odio en su voz fue suficiente para detener el resto de la frase.
Parecía que, en cualquier segundo, realmente iba a hacer pedazos el mundo entero.
"¡Julius!".
En el instante en que esa voz familiar llegó a sus oídos, Julius se puso rígido. Luego se dio la vuelta, casi temblando.
No podía creer lo que acababa de escuchar.
No podía confiar en que no fuera solo una mala jugada de su mente.
Más que eso, le aterraba darse la vuelta y ver a su esposa cubierta de heridas.
Se lo había prometido.
Le había prometido que nunca más volvería a salir lastimada.
"¡Julius!", llamó Quinn de nuevo.
Por fin, la figura de Quinn apareció ante esos ojos oscuros de fénix.
"Julius, estoy bien. De verdad estoy bien. Te dije que mi condición no es tan frágil como piensas. En un momento como el de hace rato, tuve tiempo de sobra para sacar a ese niño...".
Antes de que Quinn pudiera terminar, Julius ya había corrido hacia ella y la había estrechado con fuerza entre sus brazos.
"Quinnie... Quinnie...", sus manos temblaban.
No, no solo sus manos. Todo su cuerpo estaba temblando.
La sujetaba con tanta fuerza que casi le costaba respirar. El nombre de ella no dejaba de salir de su boca, una y otra vez, casi sin darse cuenta de que lo estaba diciendo, como si esa fuera la única forma de reprimir lo que acababa de desgarrarlo por dentro.
"¡Aquí estoy, aquí estoy!".
Quinn levantó los brazos y le devolvió el abrazo a Julius, dándole palmaditas suaves en la espalda, de forma constante y lenta, para calmarlo.
El temblor que recorría su cuerpo finalmente empezó a ceder, poco a poco.
"Estoy bien. No estoy herida. Justo antes de que la pared se terminara de caer, agarré al niño y rodé con él hacia afuera".
Se lo dijo con total claridad, asegurándose de que él entendiera que estaba completamente ilesa.
Él soltó un largo suspiro.
Solo entonces la confusión en su cabeza empezó a despejarse.
"¿De verdad no estás herida?".
"No. Si no me crees, compruébalo tú mismo en un momento", dijo ella.
Solo entonces él aflojó un poco los brazos.
Sus ojos recorrieron desde su rostro hasta cada centímetro de piel que quedaba al descubierto por su ropa. Después de asegurarse de que no tenía ni una sola lesión, murmuró: "No vuelvas a hacer eso a propósito, ¿está bien? No puedes dejar que te pase nada. No podría soportarlo...".

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