Al escuchar las desconcertantes palabras, Jaime no tardó en indagar, atónito:
—¿Quién es usted y por qué ha permanecido cautivo en este lugar durante siglos? —Al terminar de emitir esas palabras, no pudo evitar pensar, curioso:
«¡No logro comprender cómo es que este hombre pudo vivir durante tanto tiempo! Después de todo, si bien es verdad que poseo extraordinarias habilidades de cultivación de energía, estoy seguro de que nunca podría prolongar mi vida tantos años…».
El joven parecía absorto en sus pensamientos, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al escuchar la voz del anciano al explicar en tono tranquilo:
—¡Ja! En realidad, hace muchos años, la Familia Guillén construyó la Torre Pentacarna para aprisionarme en su interior; de hecho, se creó para contener no solo mi forma mortal, sino mi alma. Por ello, nunca fui capaz de escapar, ¡pero ahora que aprendiste mi técnica de Puño de Luz Sagrado, podré seguirte hacia mi libertad! —Al hablar, el anciano dejó escapar una pequeña risa.
Después de escuchar su breve relato, el semblante de Jaime se endureció por completo al refutar:
—Me temo que todos mis esfuerzos para salir de este lugar han sido en vano, pues a pesar de todas mis fuerzas, no he podido derribar los muros.
—¡Ah, supongo que utilizaste tu Energía Espiritual! —Al terminar de hablar, advirtió que el joven hacía un pequeño gesto con la cabeza, en señal de respuesta, por lo que se apresuró a añadir—: Deberás ejecutar el Puño de Luz Sagrado una vez más, tan solo con tu fuerza física; de otra manera, no lograrás dañar la estructura. —En ese momento, el anciano desapareció sin dejar rastro; justo cuando el joven se disponía a buscarlo, abrió los ojos al escuchar la voz de Isabel al exclamar en un chirrido lleno de terror:
—¡Jaime, despierta! ¡No puedes abandonarme en este lugar!
Tras una breve pausa, el joven descubrió que yacía en el suelo con la chica a su lado; al presenciar aquel extraño acontecimiento, no pudo evitar reflexionar:
«Me pregunto a qué se refería el anciano al llamarme el hijo del dragón…».
El hombre parecía absorto en sus pensamientos, por lo que no pudo evitar sobresaltarse al volver a escuchar la angustiada voz de Isabel al proseguir:
—¡Te juro que pensé que no despertarías de nuevo, pues no parabas de murmurar extrañas palabras! —Al escuchar su inusual relato y después de advertir que el joven tan solo hacía una pequeña mueca, la chica añadió en tono enérgico—: ¡Cuéntame qué sucedió!

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