En ese momento, el pequeño grupo de hombres se detuvo al percatarse de que, a pesar de sus graves heridas, Jaime no dudaría en arremeter en su contra, hasta acabar con todos; de inmediato y ante la delicada situación en la que se encontraba, Saulo anunció en un chirrido lleno de desesperación:
—¡No debemos temerle a este hombre! Después de todo, estoy seguro de que lograremos salir victoriosos si tan solo aguardamos un momento. Recuerden que todos somos poderosos Grandes Maestros de las Artes Marciales, por lo que, si bien este joven ha demostrado poseer extraordinarias habilidades de combate, no podrá vencernos. —Al terminar de emitir esas palabras, el hombre comenzó a sentir el corazón acelerársele, al tiempo que meditaba, nervioso:
«Debo encontrar una manera de convencer a mis hombres, pues es evidente que no tardarán en huir. ¡No puedo creer que sean tan cobardes!».
Ante esa idea, el hombre desenvainó una pequeña espada, antes de continuar con sus pensamientos:
«Tan pronto algunos decidan retirarse, nuestro ataque será inútil, pues la estrategia no funcionará, a menos que superemos a Jaime en número; sé a la perfección que a pesar de que la Familia Ramos contaba entre sus filas con los artistas marciales de Villa Monarca, el motivo de que no fueran capaces de destruir la Aldea de Villanos fue, en efecto, por la falta de organización entre sus hombres, ¡así que no puedo permitir que suceda lo mismo en esta ocasión!».
Ante la fatídica idea, Saulo se apresuró a embestir, por lo que, al percatarse de su valiente comportamiento, el resto de los guerreros avanzó para arremeter en contra de su enemigo; entonces, incontables rayos de luz volvieron a aparecer al unísono. Mientras avanzaban en su dirección, Jaime alzó la mano para intentar bloquear cada uno de los mortales golpes; de nuevo, pronto descubriría que sus esfuerzos serían en vano, pues varios de los ataques lograrían impactar en su cuerpo, por lo que el remanente de la armadura dorada despareció en ese instante. A pesar de la devastadora avanzada, Jaime logró eliminar a varios de los guerreros, pues una vez que la conmoción de la batalla se hubiera calmado, el resto del grupo no solo advirtió que sus cuerpos cubrían el suelo, sino que la colosal hoja de la Espada Matadragones resplandecía con un líquido escarlata. En ese momento, los semblantes de sus oponentes palidecieron por completo al percatarse de la horrorosa escena que se suscitaba frente a sus ojos, pues Jaime lucía como un ser sobrenatural, sediento de sangre.
Un silencio sepulcral inundó la atmósfera por un momento; de pronto, se escuchó la voz de un hombre al decir en un chirrido lleno de temor:
—¡Señor, este hombre es un demente! Nuestro ataque conjunto debería ser capaz de aniquilar a un guerrero con el título de Marqués de las Artes Marciales, así que, en definitiva, un simple Gran Maestro de las Artes Marciales no lograría sobrevivir. Por ello, lamento informarle que todos nuestros esfuerzos serán en vano; me temo que, si continuamos, acabará con nuestras vidas.
En ese momento, Saulo pudo vislumbrar la imponente figura de Jaime cubierta de sangre y después de tan solo un momento, sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo, mientras reflexionaba:

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