—Señor Casas, investigaré este asunto de inmediato. —Gael miró a Eduardo y Benedicto—. A partir de hoy, ustedes dos están despedidos. Se iniciará una investigación. ¡Si descubro que ambos estuvieron involucrados en actividades corruptas, serán severamente castigados!
¡Bam!
Al escuchar eso, Eduardo y Benedicto se derrumbaron en el suelo en estado de shock.
«Todos nuestros actos sucios quedarán expuestos si inicia una investigación. No podremos escapar del castigo».
—Señor Landero, Señor Casas, continuemos nuestra conversación en otro lugar —sugirió Tomás.
Antes, ya había ordenado a sus hombres que prepararan otra habitación.
—Bien. —Gael asintió en respuesta antes de dirigirse a las personas que lo habían acompañado allí—. ¿Por qué no regresan a casa primero? Volveré pronto.
Después de que se fueron, Gael y Jaime salieron de la habitación. Antes de que Tomás saliera, miró con desdén a Eduardo, Benedicto y su familia.
Mientras la Familia Casas miraba la espalda de Jaime, retirándose en la distancia, se llenaron de una abrumadora sensación de arrepentimiento.
«Esta horrible situación no habría ocurrido si no hubiésemos tratado a Jaime con tanta falta de respeto».
Sin embargo, era demasiado tarde para llorar sobre lo ocurrido.
Jaime no se quedó mucho tiempo en el restaurante. Solo intercambió algunas palabras con Gael, quien le agradeció de manera efusiva. Gael también esperaba que Jaime fuera misericordioso con su hijo, Federico.
Jaime accedió de inmediato a la solicitud de Gael.
«Mientras Federico me deje en paz, no lo molestaré».
Cuando Jaime por fin salió del restaurante, al instante vio a sus padres apresurándose con miradas de pánico en sus rostros.
—Jaime, ¿estás bien? —preguntó Elena preocupada.
—Mamá, estoy perfectamente bien. ¿Por qué ustedes dos están tan agitados? —Jaime respondió confundido.
—Teníamos miedo de que te pasara algo. Mira, tu papá y yo logramos juntar algo de dinero. Aunque no estoy segura de sí es suficiente… —Elena abrió su bolso para revelar su contenido.
En el interior, la bolsa estaba llena hasta el borde con montones de dinero. Estas notas iban desde cientos hasta monedas sueltas. De inmediato, Jaime se dio cuenta de que había casi veinte o treinta mil en la bolsa.
—¡Maldita sea! —Jaime gruñó con frustración.
En un intento de librarse de la voz, Jaime negó con la cabeza de manera violenta. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano.
«¡La única forma en que puedo deshacerme de este sentimiento persistente es llegar al fondo de las cosas!».
Sin embargo, Jaime no se atrevió a hacer la pregunta.
Desde que era joven, tanto Elena como Gustavo lo colmaron de su amor. Aunque Gustavo tenía un comportamiento estricto, nunca le puso un dedo encima a Jaime.
Ni una vez había dudado si eran sus padres biológicos. Pero en ese momento, los pensamientos de Jaime se habían vuelto tan confusos que apenas podía pensar con claridad.
Como resultado de su dilema, Jaime pasó casi todo el día dando vueltas y vueltas. No fue hasta que Elena lo llamó para cenar que por fin salió de su habitación.
Cuando Elena notó el rostro pálido de Jaime, al instante preguntó:
—Jaime, ¿no te sientes bien?

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