Los Velázquez ya habían sufrido ataques y se habían visto rodeados por centenares de enemigos. En el último momento de aquello, Alfredo consiguió rescatarlos al derrotar a sus enemigos sin ayuda de nadie. Desde entonces, Alfredo pasó a formar parte de la familia.
—Alfredo, lleva contigo algunos hombres a Arboledas, y captura al hombre que hirió a Teobaldo. Si no puedes capturarlo vivo, tráelo muerto. Si no lo hacemos, me temo que la Familia Jaramillo nos despreciará aún más. —Fuera como fuera, tenía que deshacerse de Jaime. De lo contrario, su esposa lo reprendería todos los días y la Familia Jaramillo lo miraría con desprecio.
—Señor Velázquez, no se preocupe. Sin duda se lo traeré. —Asintiendo con decisión, Alfredo se dio la vuelta y se marchó.
A la mañana siguiente, cuando Jaime y los demás desayunaban en el hotel, Fabiola fue a buscarlos.
—Josefina, Zacarías se preocupó porque no conocen el camino y se pueden perder, así que me pidió venir por ustedes —habló.
—Muy bien. Entonces, vámonos.
—Josefina, anoche no te acostaste con tu novio, ¿verdad? —le susurró su prima acercándose a ella.
—¿De qué hablas? Tenemos habitaciones separadas. —La fulminó con la mirada.
Con Fabiola guiándolos, Jaime y los demás llegaron muy rápido a Hierbas del Valle Dorado.
La tienda estaba en el centro de la ciudad y tenía una superficie de más de mil metros cuadrados. Era evidente que era un negocio muy consolidado.
En el momento en el que entraron, el personal saludó con cortesía a Fabiola:
—Señora Sagastume, el Señor Gaitán quiere que sepa que la está esperando en la parte de atrás.
El hombre asintió en señal de reconocimiento.
—¡Sírvanles café! —Después de asegurarse de que estaban bien atendidos, Zacarías regresó con su invitado. En ese momento, un hombre de mediana edad estaba sentado en una mesa cuadrada justo en el centro del salón. Zacarías llegó y tomó asiento frente a él.
Con una caja de madera de aspecto exquisito colocada en el centro de la mesa, ambos parecían estar negociando un trato.
Jaime se sentó, le dio un sorbo a su café y los observó por aburrimiento.
—Señor Gaitán, lo que tengo aquí es un Ginseng de más de un siglo. Por su forma y textura, se puede saber que es un excelente ejemplar. Por eso, se lo ofrezco por veinte millones, algo que nadie más le va a ofrecer. Si no lo acepta, se lo ofreceré a Hierbas de la Trinidad; estoy seguro de que me lo comprarán por ese precio.
El hombre de mediana edad levantó de repente la voz mientras se dirigía a Zacarías.

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