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El despertar del Dragón romance Capítulo 321

Los tres hombres restantes se pusieron de rodillas al instante y temblaron.

Sabían que la Familia Velázquez era lo suficientemente cruel como para eliminarlos. ¡El verdadero jefe de la Familia era Lucía en lugar de Cristian!

Lucía ordenó:

—¡Encárguense del Señor Velázquez y déjenme el resto a mí! —Le lanzó una última mirada al pálido Cristian antes de girar sobre sus talones para marcharse.

Tras salir de la habitación, Lucía llamó a su hermano Wilfredo. Estaba claro que necesitaría la ayuda de la Familia Jaramillo para resolver el problema, ya que la Familia Velázquez no era capaz de vengarse.

Wilfredo se dirigió de inmediato a la residencia de los Velázquez tras recibir su llamada.

La ira lo invadió al ver a Teobaldo tumbado en la cama.

—Lucía, ¿quién fue el hombre que golpeó a Teo? ¿Por qué no me lo contaste antes?

—Tío Wilfredo, tienes que vengarme. ¡Fue Jaime quien me lisió! ¡Voy a ser un lisiado por el resto de mi vida! —Teobaldo se lamentó. Rompió a llorar al ver a Wilfredo en persona.

Wilfredo era solo unos años mayor que Teobaldo, y los chicos prácticamente habían crecido juntos. Eran muy unidos el uno con el otro. Al escuchar el llanto de Teobaldo, Wilfredo sintió que le dolía el corazón.

—Teo, no te preocupes. Seguro te vengaré.

—Tío Wilfredo, fue culpa de Josefina que Jaime me golpeara. ¡Tienes que capturarla para que pueda descargar mi ira en ella! —añadió Teobaldo.

—No hay problema. Déjamelo a mí. —Wilfredo le dio una palmadita en el hombro para reconfortarlo.

Lucía no compartía sus sentimientos.

—Wily, no le hagas caso. Josefina es la hija de Gonzalo Serrano, el hombre más rico de Ciudad Higuera. Si la capturan, de seguro que armará un escándalo. Solo tenemos que capturar al b*stardo que golpeó a Teo. No causes más problemas —aconsejó.

—Déjalo en mis manos, Lucía. ¿Y qué si es el hombre más rico de Ciudad Higuera? Debería sentirse honrado de que Teo se interese por su hija.

Wilfredo no se inmutó. Procedió a hacerle algunas preguntas a Teobaldo antes de marcharse.

Lucía no dijo nada.

«Al ver a mi hijo en semejante estado, debería dejarlos en paz».

Tras conectar la llamada, se escuchó la voz ansiosa de Arturo.

—Señor Casas, estamos en problemas. Grandes problemas.

Jaime estaba atónito.

—Señor Gómez, ¿qué pasó? Cálmese y explíquese despacio.

—¡El Monasterio Laureola está en problemas! Por favor, vuelva ahora —suplicó Arturo. El miedo en su voz temblorosa era inconfundible.

—De acuerdo. Volveré ahora mismo —prometió Jaime y colgó el móvil.

Su expresión se volvió gélida.

—Señor Casas, ¿qué pasó? —preguntó Tomás de forma cuidadosa. Había notado algo raro en la expresión de Jaime.

—El Abad Erasmo tiene problemas. Tengo que volver ahora, así que quédate aquí con Josefina y protégela —dijo Jaime y luego se dirigió a su habitación para hacer las maletas.

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