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El despertar del Dragón romance Capítulo 482

—¡Maldita abeja! ¿Cómo te atreves a asustar a la Señorita Salas? Te aplastaré... —Dorian actuó de inmediato y pisó la abeja para matarla. Luego, la tiró a un contenedor de basura.

—Señorita Salas, no se asuste. ¡Ya la maté! —dijo orgulloso.

Pero la mujer no respondió, sino que miró a Jaime asombrada. Lo vio mover un dedo y hacer que la abeja cayera; y ni si quiera la estaba mirando.

«¡Eso es increíble! No me cabe duda de que Jaime es un peleador muy hábil. ¡Debe ser él quien me salvó!».

Teresa se ajustó la ropa y se acercó a Jaime.

—¿Dijiste que te llamabas Jaime Casas?

Él asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

—¿Por qué no me miras? ¿Te doy miedo? —La mujer se burló al ver que se negaba a mirarla.

—¿Miedo de ti? ¿Por qué iba a tenerte miedo? —La miró—. Es solo que tengo novia.

—Qué hombre tan leal. Es difícil encontrar un hombre de confianza como tú hoy en día. —Se rio. Desarrolló un repentino interés por él.

Antes de que pudiera decir algo más, un empleado llegó y dijo:

—Señorita Salas, Señor Gálvez, el banquete está listo.

Teresa palmeó el hombro de Jaime.

—¡Vamos!

Jaime la siguió hasta el comedor.

La Residencia Salas tenía todo un piso dedicado al comedor y a la cocina. Parecía un restaurante, y tenían al menos una docena de cocineros trabajando para ellos.

Era tan lujoso que la mansión de Jaime en Bahía Dragón no era nada comparada con esto. La vida de los superricos estaba en verdad más allá de lo que la gente ordinaria podía imaginar.

El comedor disponía de una mesa de seis metros de diámetro cubierta de diversas y deliciosas preparaciones. Había platillos de todo tipo, y olían delicioso. Tan solo el dueño de una mina podía ser capaz de cenar con tanta extravagancia.

—Señor Gálvez, Señor Casas, tomen asiento —habló el jefe de la familia con despreocupación.

Ella se levantó en seguida y dijo:

—¡Encantada de conocerlo, Señor Jerez!

—Ja, ja, yo también estoy encantado de conocerla, Señorita Salas. Ya la había visto en la televisión, pero es aún más guapa en persona. Muchos de mis subordinados aquí son sus admiradores. Más tarde, pedirán tomarse una foto de grupo con usted y querrán su autógrafo —contestó con una sonrisa.

—¡Por supuesto! —respondió sonriendo.

—Señor Salas, ¿quiénes son estos dos señores? Creo que nunca los había visto. —Señaló a Jaime y a Dorian.

—Ah, son comerciantes de juego de piedras de Jazona. Hoy se encontraron con mi hija y la salvaron. Ahora, vamos a cenar —explicó con rapidez.

De repente, un hombre musculoso de unos treinta años gritó junto a Jorge:

—¿Quién se atreve a hacerle daño a la Señorita ¿Acaso quieren morir?

—Señorita Salas, este es mi más antiguo discípulo, Dante Fonseca. Ha adquirido más del setenta por ciento de mis habilidades. Además, es un fiel admirador —lo presentó.

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