—Fernando, ¿aún no terminas? ¡Deja de perder el tiempo! —La voz de Lobo sonó desde afuera de la habitación.
—Tío Lobo, espera un poco más, terminaré pronto. —Fernando no se atrevía a demorarse. Con rapidez se quitó la ropa y comenzó a desvestir a Isabel.
Ella no se movió, pero permitió que Fernando le quitara la ropa, sus lágrimas cayeron sobre las sábanas.
—Tu piel es tan suave y blanca. ¿Por qué no me di cuenta antes? Una piel tan hermosa y una figura seductora. Tú belleza no tiene rival. —Fernando acarició su rostro y limpió sus lágrimas.
Isabel volteó hacia un lado para no tener que ver el rostro desagradable de aquel hombre. Sin embargo, él sujetó su barbilla y la forzó a verlo; él sostenía la mirada sobre ella.
—Querida, dolerá un poco, pero debes soportarlo. Después te sentirás mejor. —Franco le sonrió de forma lasciva a la joven y se inclinó para besar los labios de Isabel.
Ella, quien había permanecido quieta durante todo este tiempo, de pronto abrió su boca y mordió con rudeza la nariz de Fernando.
—¡Auch! —gritó él de dolor.
Entonces, apretó con fuerza la boca de Isabel y al fin pudo liberar su nariz. Sin embargo, los dientes de la joven habían desgarrado su piel, haciendo que la sangre fluyera.
—Fernando, ¿sucede algo? —le preguntó Lobo desde afuera.
—¡No es nada, Tío Lobo! —contestó Franco.
Él no podía permitir que Lobo lo viera en ese estado tan humillante.
—¡Estúpida p*rra! ¡Te torturaré y haré que quieras morir! —gritó Fernando y rasgó con furia, el resto de ropa que tenía Isabel.
Muy pronto, la joven quedó en ropa interior. En ese momento, Jaime llegó al pasillo y escuchó un grito desde las escaleras. Él frunció el ceño y subió de un salto al piso superior.
Al escucharlo, Isabel recordó, de pronto, el estado de su vestimenta y con rapidez se cubrió. Mientras tanto, Lobo pateó la puerta para abrirla, al escuchar el ruido de la ventana despedazándose. Fernando señaló a Jaime y le gritó furioso:
—Tío Lobo, es él. ¡Él es Jaime!
—Es solo un malcriado, ¿y no puedes defenderte de él? —se burló el Lobo, mientras miraba a Jaime.
Fernando era uno de los peleadores más fuertes de su edad. A Lobo le costaba trabajo entender por qué no podía defenderse de Jaime.
—Tío Lobo, no lo subestimes. Este hombre mató a David de un golpe. ¡No soy lo suficiente fuerte para pelear con él! —le advirtió Fernando.
—¡Argh! David es un inútil. Incluso yo puedo matarlo de un solo golpe. ¡Es una vergüenza que gente como David se llame instructor! —se burló Lobo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El despertar del Dragón