Mireya se quedó pasmada mirando a Simón.
—Sim, ¿qué acabas de decir? ¿Estás diciendo que Rocío es la esposa de Lázaro?
—¿Acaso no lo es? —respondió Simón con un gesto duro, devolviéndole la pregunta.
Mireya no supo qué contestar, incómoda y atrapada en ese momento.
Hasta ahora, Rocío seguía siendo la esposa legal de Lázaro.
Simón ya no miró a Mireya, sino que, con una mirada fulminante, se enfocó en Lázaro.
—Que andes con Mireya es tu asunto, pero Rocío todavía está casada contigo. ¿Y solo porque ella quiere divorciarse y te va a denunciar, ahora la secuestras? Lázaro, yo pensé que eras decente. ¡Pero te atreviste a hacer algo así! ¿Alguna vez pensaste en su abuelita, en su hijo, en su hermana?
—¡No fui yo! —replicó Lázaro—. Es mi esposa, la madre de mi hijo, ¿cómo podría hacerle eso?
—¿No podrías? —Simón soltó una risa despectiva.
—¿De qué hablas? —preguntó Lázaro, apretando los puños.
—En el cumpleaños de la señora Zúñiga, frente a todos, intentaste echar a toda su familia de Solsepia, mandándolos a más de tres mil kilómetros. ¿Y ahora vienes a decirme que Rocío es tu esposa y la madre de tu hijo?
Lázaro guardó silencio.
No tuvo ni un argumento para defenderse. En aquella fiesta de la abuela de Mireya, había tratado a Rocío de la peor manera posible.
Simón respiró hondo y, con una intensidad temblorosa, le soltó:
—Señor Valdez, si algo le pasa a Rocío, te lo voy a cobrar. Sé que tienes mucho dinero, pero no te tengo miedo. ¡Voy a hacer que termines en la cárcel!
Sin esperar respuesta, Simón se dio media vuelta y salió a toda velocidad.
—¡Sim, espérame! —llamó Mireya, apresurándose tras él.
Pero Simón no se detuvo ni volteó a verla. Solo cuando bajaron por el elevador y llegaron hasta donde estaba su carro, Mireya logró alcanzarlo.
Se le paró enfrente, la voz quebrada por la tristeza.

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