Mireya sintió que le hervía la sangre al ver a Rocío rodeada por Lázaro, Simón, Samuel y Hernán, los cuatro herederos de Solsepia. Con ella iban también su abuela, la enamoradiza de Elvia y su hijo sordo.
Condujo como una loca de vuelta a casa.
Javier y Violeta se extrañaron al verla llegar tan temprano.
—Mire, ¿no deberías estar en la constructora de tu papá o en la obra del proyecto de las residencias para jubilados? —le preguntó Javier, preocupado—. ¿Por qué volviste tan de repente?
—¡No me hablen! ¡Déjenme en paz! ¡Al que me hable lo mato! ¿Oyeron? ¡Lo mato! —le gritó, fulminándolo con la mirada. La furia en su rostro hizo que Javier palideciera.
Desconcertado, Javier miró a Violeta.
Ella suspiró con pesar.
—Pobre de mi niña —dijo con el corazón en un puño—. Seguro algo le pasó allá afuera. Apuesto a que fue esa Rocío otra vez, fastidiándola. ¿Por qué no se muere de una buena vez? ¿Por qué tiene que ser tan resistente?
Javier no dijo nada.
Miró a su esposa y le susurró:
—Por más que digas, Rocío es la niña que vimos crecer desde que era una bebé en pañales hasta los dieciséis años. ¿Ya se te olvidó su carita redonda y dulce cuando nos llamaba abuelo y abuela?
—¡No se me olvida! ¡Por eso la odio! —espetó Violeta con rencor—. ¡Esa no tiene ni una gota de nuestra sangre! Y aun así, se aprovechó de todo lo bueno que teníamos, mientras nuestra Mireya estaba abandonada en un rancho perdido. ¡Si hubiéramos tardado un año más en encontrarla, la hubieran casado con un viejo del pueblo de al lado! ¡Qué cerca estuvimos de perderla! ¡Solo de pensarlo se me parte el alma!
»¡Todo el dolor que siento por nuestra Mire, es el mismo odio que siento por Rocío!
»Si esa muerta de hambre, esa rancherita, disfrutó de los dieciséis años de buena vida que le pertenecían a mi Mireya, ¿no crees que ya debería estar muerta?
Javier se quedó callado.
—¡Ah! ¡La odio, me da asco! ¡Maldita zorra, la voy a matar, la voy a matar! ¡Uuuuh…!
¡Pum!
¡Pum!

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