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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 285

Matías echó un vistazo al video, pero al principio no entendió. Preguntó a los técnicos presentes:

—¿Qué video es este?

—Un video en directo de un caso de divorcio en el juzgado.

—El caso de divorcio del señor Valdez y su esposa Rocío.

—¿Qué… qué has dicho? —preguntó Matías.

Había entrado cubierto de polvo del camino y pensaba beber un vaso de agua. La taza que sostenía en la mano aún no había llegado a sus labios cuando, al oír esas palabras, se le cayó al suelo.

—¿Estás diciendo que Lázaro y Rocío son… marido y mujer? ¿Ellos dos son marido y mujer? —preguntó Matías como si estuviera en un sueño, sintiéndose mareado.

Como si estuviera borracho.

—Señor Romero, para ser sinceros, nuestra opinión negativa sobre la señora Valdez se debe en parte a la influencia de la señorita Zúñiga y en parte a la suya. Ahora vemos que nos equivocamos con la señorita Amaya, no, con la señora Valdez.

—Independientemente de los problemas que haya entre la señora Valdez y el señor Valdez, antes del divorcio de hoy, ella era la legítima señora Valdez. Y la señorita Zúñiga sería, en realidad, la…

—Me parece que el mundo está al revés. La esposa legítima, con certificado de matrimonio y protección legal, es llamada amante e incluso acusada de ser una cualquiera. Mientras tanto, la amante, con total descaro, se pavonea con el marido de la otra para humillarla. Y nosotros, somos cómplices.

Matías se quedó sin palabras.

En ese momento, su cerebro no funcionaba.

Estaba como congelado.

Con la mirada vacía, miró mecánicamente el video.

El video seguía en directo.

—Hace un momento, mi exsuegra dijo fuera del juzgado que soy una analfabeta que apenas sabe leer, que en todos estos años en la familia Valdez no he hecho más que robarles dinero a escondidas, y que tengo que devolver todo lo que he robado. Quiero preguntarle al juez: durante los seis años de matrimonio con el señor Valdez, ¿no compartíamos los bienes?

El juez asintió.

El rostro de Matías se sonrojó y palideció alternativamente, sin poder articular palabra.

—Oiga, señor Romero, usted es solo un socio de Valenciora. Que la señorita Amaya sea la esposa del señor Valdez o la amante de Samuel, ¿qué tiene que ver con usted? ¿Por qué se ha ensañado tanto con ella?

Sí.

¿Por qué se había ensañado tanto con la señorita Amaya?

A fin de cuentas, fue porque al principio le pareció que Mireya era guapa, generosa, segura de sí misma, elegante y, además, la ingeniera jefa. Un encanto así, una mujer tan excepcional, era difícil de encontrar.

Una mujer tan sobresaliente hacía que Rocío pareciera aún más insignificante y ridícula.

Aunque Rocío vistiera pieles y botas de lujo, a Matías le seguía pareciendo vulgar hasta la náusea; verla le revolvía el estómago.

Y ahora, mientras miraba el video, Matías sentía ganas de abofetearse hasta destrozarse la cara.

—Qué estúpido soy —dijo Matías, desplomándose en la silla de oficina y riéndose de sí mismo—. La verdad es que ni el señor Valdez ni la señorita Zúñiga me dijeron nunca que estaban casados. Nunca. Fui yo quien asumió que lo estaban y que cualquier otra mujer intentaba destruir su matrimonio.

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