Al terminar de hablar, las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Estaba tan débil que apenas podía pronunciar palabra.
Todo lo que quería decir se redujo a esas simples palabras:
—Perdóneme.
Sin siquiera voltear, Rocío respondió:
—Lo siento, señor Gómez, no lo acepto.
Y con eso, salió de la unidad de cuidados intensivos.
Los ojos de Álvaro la siguieron hasta que desapareció, su mirada llena de una complejidad indescriptible. Al ver su expresión de arrepentimiento, Mireya sintió un nudo en el estómago.
Simón ya se había inclinado decididamente a favor de Rocío.
Lázaro, aunque se había divorciado, la había tratado con negligencia y ahora sentía remordimiento.
Y ahora, hasta el señor Gómez le pedía perdón a Rocío.
Mireya, siempre tan segura y radiante, se sintió acorralada.
Tomó la mano de Álvaro y lo miró con una expresión sincera y humilde.
—Señor, sé que me equivoqué al decirle que estaba casada con Lázaro cuando no lo estábamos, pero Lázaro y yo nos amamos desde hace muchos años. Nuestro amor es profundo y mutuo. Lázaro no ama a Rocío, ni siquiera tuvieron una boda. En su corazón, yo soy su verdadera esposa. Nos amamos muchísimo.
Álvaro balbuceó:
—Tú… tú…
—Le dije que estábamos casados para que no se preocupara por mí. Sé que eso fue injusto para Rocío y le pido perdón por ello. Pero primero usted tiene que recuperarse. Cuando su salud mejore y su corazón esté fuerte, le pediré disculpas a Rocío solemnemente, frente a usted, ¿de acuerdo?
»Además, tengo una buena noticia que darle, yo…
Se inclinó y le susurró algo al oído.
Algo que solo Álvaro pudo escuchar.
Los ojos de Álvaro brillaron un poco.
—¿De… de verdad?
Mireya asintió.
—De verdad, pero aún no se lo he dicho a Lázaro. Señor, por favor, coopere con el tratamiento y la recuperación, ¿sí? Cuando esté mejor, Lázaro y yo le pediremos perdón a Rocío juntos, ¿está bien?
Álvaro asintió.
—Aunque acabo de bajar del avión esta mañana, ya me he enterado de muchas cosas por Eugenio y Jimena. Después de tantos años, ¿sigues molestando a Mireya? Rocío, ¡quién te dio el valor para atreverte a pisotear a mi hermana!
—Que su hermana sea la amante que se metió con mi esposo es un hecho innegable. Si no le parece justo, ¡vaya con un juez! ¡Conmigo no tiene nada que hablar!
Dicho esto, Rocío presionó el botón y se dispuso a entrar al elevador.
Pero Adolfo la agarró del brazo con la mano izquierda.
Luego, levantó la derecha para abofetearla.
—¡Deberías estar muerta! ¿Creías que la familia Zúñiga no tenía a nadie? Ahora que he vuelto, te vas a morir…
No terminó la frase ni la bofetada aterrizó en el rostro de Rocío. Una mano que apareció por detrás le sujetó la muñeca y lo arrojó a un lado con fuerza.
Adolfo trastabilló, casi cayendo al suelo.
Cuando recuperó el equilibrio y miró, vio a Rocío protegida por el brazo de un hombre.
Los ojos de Samuel brillaban con una furia asesina mientras miraba a Adolfo.
—Te llamas Adolfo, ¿verdad? La próxima vez que te atrevas a tocarle un pelo a Rocío, ¡voy a hacer que amanezcas tirado en la calle!
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